jueves 24 de diciembre de 2009

Ebenezer

Para Radar Libros


Necrópolis
Santiago Gamboa
Norma
456 páginas






En un lujoso hotel de Jerusalén sitiado por la guerra se lleva a cabo un extraño congreso de biógrafos. Un escritor colombiano recientemente recuperado de una larga y extraña enfermedad es invitado a participar a pesar de nunca haber escrito una biografía. Entre los expositores del congreso se cuentan un empresario colombiano, una actriz porno italiana y un ex convicto devenido pastor evangélico de Miami. Después de su exposición, el pastor evangélico se suicida en la habitación del hotel y para el escritor colombiano todo parece demasiado sospechoso.

Hasta ahí, Necrópolis no es más que un policial negro moderno, pero la ilusión del género dura poco porque Santiago Gamboa desarma pronto la estructura y se dedica a narrar otras historias, perder el centro, poner otras voces y otros personajes. Y entonces la novela toma una forma rara a la que es necesario acostumbrarse pero que sólo exige disfrutar de los relatos individuales sin importar hacia dónde va la totalidad de la historia. Para Santiago Gamboa, su última novela es una relectura del Decamerón en clave moderna, es decir, un grupo de personas sitiadas por la peste de la guerra, contándose historias sobre las vidas de otras personas para contrarrestar el efecto de la muerte. En esas historias están los grandes temas: la amistad, la lealtad o la traición, la muerte, la lucha, el sexo y el amor.

Lo cierto es que Necrópolis resulta ser la confluencia de dos líneas narrativas en la obra de Gamboa; por un lado la parodia detectivesca de libros como Los impostores, por el otro las historias insertas dentro de una historia mayor que caracterizó El síndrome de Ulises y que Gamboa describió como un experimento de arquitectura literaria. Se trata de una literatura que no se contenta con un solo narrador sino que se forma a partir de muchas voces que cuentan su historia sin que ninguna predomine sobre otra. En todo caso, Necrópolis viene a sumarse a la tradición de la novela polifónica, en la que ya incursionaron otros autores latinoamericanos de la generación de Gamboa, como los mexicanos del “Crack” entre los que se cuenta Jorge Volpi –con su trilogía sobre el siglo XX– y, claro, Roberto Bolaño con las dos novelas polifónicas por excelencia de los últimos veinte años, Los detectives salvajes y 2666.

Dentro de esa fragmentación, en esos relatos autónomos, el tópico de la biografía se vuelve fundamental. No se trata sólo de contar historias por contar, sino de buscar experiencias, intentar capturar totalidades aunque sea para poder justificar el nihilismo. Los protagonistas de los relatos son personajes marginales, azotados por la vida, que Gamboa desarrolla con una destreza que pocos tienen, yendo de lo cómico a la tragedia, de los estereotipos a la construcción meticulosa del destino que los llevó a las drogas, la guerra y la redención. Los relatos son presentados como las exposiciones en el congreso y cobran sentido juntos sólo en ese ambiente hostil de la guerra. La actriz porno italiana cuenta su vida de hija abandonada, su paso por las drogas y el trabajo en la industria de la pornografía como una forma de redención y realización personal; el empresario colombiano presenta un Montecristo moderno que acusado de ser comunista logra escapar de los paramilitares; otro relato se fija sobre la historia de dos ajedrecistas unidos en una amistad inseparable. Todas las historias, en todo caso, tienen en común el sentimiento de pérdida, la pincelada trágica, y la experiencia como ganancia, aquellos sucesos frente a los cuales lo único que se puede hacer es contarlos. La exposición del pastor evangelista, el relato de su propia vida y su participación en el Ministerio de la Misericordia funciona a modo de bisagra y se enfrenta a la historia detectivesca dentro del congreso en donde el escritor colombiano intenta dilucidar la causa del suicidio, una historia de juego entre amor y muerte.

Necrópolis –ganadora del premio de novela “La otra orilla 2009”– es también una novela urgente que intenta jugar todas sus fichas desordenadamente. En la guerra que rodea al congreso no se detallan bandos, no hay actualidad sino la sensación opresiva, el azar de cualquier ciudad, Jerusalén, Roma o Bogotá. Es, en todo caso, un no presente en donde el apuro es mostrar algo vital, una novela que se construye por adiciones, la suma de voces en la ciudad donde abunda el silencio.

martes 22 de diciembre de 2009

Hay que terminar el año con música

lunes 21 de diciembre de 2009

Cuando no hay nada que preguntar

Con este libro debut, entrás a un mundo que tiene grandes referentes, ¿cuáles son los tuyos?
Durante un año y medio leí a Martín Caparrós, Leila Guerriero y Crisitan Alarcón, referentes del género en
Argentina, quienes me estimularon a escribir mi libro. Descubrí también a Osvaldo Baigorria, un autor poco conocido pero muy original. Su libro "Correrías de un infiel", editado en una colección dirigida por María Moreno, me resultó útil por ser una suerte de crónica íntima. Desde lo formal me sirvió leer el libro que Hernán Brienza publicó el año pasado, "Los buscadores del Santo Grial en la Argentina"

Sos un caso raro. Por lo general, los autores argentinos no se basan tanto en autores argentinos, o por lo menos no lo dicen...
Y sí, los elegí porque cuentan una realidad más cercana a la que yo buscaba retratar.

En muchos de los autores que nombraste, el escritor le ganó al periodista, ¿va a pasar lo mismo con vos en el futuro?
No lo creo. Muchas veces quise escribir ficción, pero no me salió nada. Tuve que ir a la realidad. Que me gusta y me inspira. Me encantaría alguna vez escribir una novela negra, eso será una deuda pendiente que me acompañe siempre, supongo.

Entrevista a Javier Sinay por su libro de crónicas Sangre Joven



domingo 20 de diciembre de 2009

30 mil es uno más uno más uno más uno....


Llegamos, nos sentamos en una mesa de las que estaban en el parque, entonces la abuela dice que suelen tener discusiones, y le explica a Lita que el Hernoboy es un zurdito.
-¿Vos sos zurdito?- le pregunta, en consecuencia, Lita al Hernoboy.
Y entonces, con esa transparencia hermosa que la caracteriza, esa sinceridad y firmeza propia de quienes trabajan con las manos enterradas en el barro (¡qué digo las manos!¡los brazos todos, el cuerpo entero!) en la mierda más oscura y marginal, ella, mi vieja, con felicidad imperturbable a flor de piel, le dice a Lita de Lazzari:
-Bueno, tenemos que aceptar que el socialismo es lo único que nos puede sacar adelante.

No, es imposible reproducirlo... la frescura, la alegría...
Está todo más que claro, después del Che Guevara y antes de Perón viene mi vieja.




Hay que empezar el año con música

miércoles 16 de diciembre de 2009

La silla eléctrica




Entonces, en esa trayectoria, inaugurada por Hegel cuando habla de la «rabia de desaparecer» y del arte que ya se adentra en el proceso de su propia desaparición, hay una línea directa que, en mi opinión, enlaza a Baudelaire con Warhol bajo el signo de la mercancía absoluta (regresaré a este punto porque me parece muy importante). En la gran oposición entre el concepto de obra de arte y la sociedad moderna industrial, en el siglo XIX, Baudelaire inventa la solución radical; en efecto, siempre ocurre así, las soluciones más radicales se inventan justo al comienzo de una gran contradicción. A la amenaza que la sociedad mercantil, vulgar, capitalista y publicitaria esgrime contra el arte, a esa objetivización nueva del mundo en términos de valor mercantil, Baudelaire opone, no la defensa de un estatus tradicional, de un valor estético tradicional, sino una objetivización absoluta. Ya que el valor estético corre el peligro de que la mercancía lo aliene, no hay que defenderse de la alienación sino más bien adentrarse más en la alienación y combatirla con sus propias armas. Hay que seguir las vías inexorables ‘de la indiferencia y la equivalencia absolutas’, mercantiles, y hacer de la obra de arte una mercancía absoluta.

El arte, enfrentado al reto moderno de la mercancía, no debe buscar su salvación en una negación crítica, ni en el rescate de sus propios valores, lo cual daría como resultado el arte por el arte, que ya conocemos, es decir, una especie de espejo invertido de la condición capitalista. Por el contrario, el arte debe abundar en el sentido de la abstracción formal y fetichizada de la mercancía, de una suerte de valor de cambio feérico, y volverse más mercancía que la mercancía ir pues más lejos aún en lo que respecta al valor de cambio y así escapar de él radicadizándolo. Este es el principio de toda estrategia. Se trata entonces de una ofensiva, no de una estrategia defensiva de la modernidad, nostálgica, melancólica, que sueña con el estatus del arte clásico, sino, por el contrario, de una estrategia para acelerar el movimiento, precipitarlo yo lo llamaría una estrategia fatal del valor estético.

[...]

Vuelvo sobre Andy Warhol. Éste sostiene la exigencia radical de volverse una máquina absoluta, más máquina que la máquina (aquí hallamos la estrategia fatal de potencializar algo, no una regresión, sino querer ser más máquina que la máquina), ya que Warhol apunta a la reproducción automática, maquinal, de objetos ya mecánicos, ya fabricados, así sea una lata de sopa o el rostro de una star (el de Marilyn Monroe, por ejemplo). Por tanto está situado en la misma línea, va en la misma dirección de la mercancía absoluta de Baudelaire, justamente ejecuta a la perfección la visión de Baudelaire, que a la vez es el destino del arte moderno: realizar hasta el extremo, es decir hasta la negación de sí mismo, el éxtasis negativo del valor, que también es el éxtasis negativo de la representación. Y cuando Baudelaire dice que la vocación del artista moderno es dar a la mercancía un estatus heroico, mientras que la burguesía sólo logra darle con la publicidad una expresión sentimental (con lo cual indica que el heroísmo no consiste en absoluto en volver a sacralizar el arte y el valor opuestos a la mercancía cosa que en efecto resulta sentimental y alimenta aún hoy por todas partes nuestra creación artística sino en sacralizar la mercancía como tal), convierte a Warhol en el héroe o el antihéroe de arte moderno, Y ello en la medida en que Warhol se adentra más que nadie en la Vía Ritual de la desaparición del arte, de toda sentimentalidad del arte, y lleva lo más lejos posible el ritual de la transparencia negativa del arte y de la indiferencia del arte ante su propia autenticidad. De cierto modo se sigue haciendo hoy; la reapropiación, la simulación, etcétera, son un poco eso.

Existe en verdad una especie de no creencia radical pues ya el arte no cree en su propia autenticidad. Sin embargo, este hecho no es necesariamente despreciativo, no tiene una cualidad negativa. Se dice que el arte se ha vuelto iconoclasta, pero se ha vuelto también agnóstico porque ya no cree en su propia sacralidad, en su propia finalidad. No obstante, la posición agnóstica, la posición iconoclasta constituyen una situación muy poderosa: se puede hacer cosas aún mejor cuando no se cree en lo que se hace que cuando se cree.

"La simulación en el arte", Jean Baudrillard

domingo 13 de diciembre de 2009

Soñáme ésta

*
Algunas personas salimos de un salón de eventos. Tomamos una camioneta-taxi rumbo a no sé dónde. El taxista se debe haber llevado el primer premio a la cara de culo con bigotes. El camino es largo y angosto, cerrado por arbustos, en medio de un bosque. La camioneta se desliza sobre un colchón de hojas secas y el viaje huele a hierba.
El reloj del taxi marca veinticuatro, así con letras, cuando me doy cuenta de que olvidé todo lo importante en el salón. Pido entonces a alguien que me acompañe a buscarlo, pero ella dice que hicimos mucho camino en bajada, y que ahora habrá que subir veinticuatro kilómetros por un caminito’e piedra, sin burrito cordobés. Lloro porque no puedo hacerlo sola y porque no quiero perder mis cosas olvidadas. Ella entonces accede.
Pagamos nuestra parte de los veinticuatro. Nos bajamos de la camioneta-taxi y emprendemos la subida.
El aire falta y los pies se disuelven entre el colchón de hojas húmedas.

**
Dos amigos me invitan a pasar un día a Mataderos. Tal vez fin de año. Yo estoy lejos, ni sé cómo llegar. Les digo que cuando los choferes comen pan dulce y tiran cañitas no hay bondis. No hay medio de transporte para ir a festejar con ellos. Cazá la bici, dicen.
Cómo podría ir desde el lejano norte hasta Mataderos en bicicleta. Pienso que lo pienso, pero en seguida él me está respondiendo. La discusión se acalora cuando yo aseguro que no tengo estado físico para semejante trayecto.
Cómo que no, dice él, si hace un ratito nomás caminaste veinticuatro kilómetros en subida por un camino de hojas resbalosas.

viernes 11 de diciembre de 2009

Cuando el ciudadano se olvida del ciudadano

I

Un par de semanas atrás, un mes como mucho, estaba en mi casa y llega mi vieja con esas noticias de barrio que le salen tal como si estuviéramos aún en Lanús. "Sabés que pasé por la verdulería y a la boliviana le estaban haciendo una multa". Le pregunté por qué y si había chabones de la municipalidad o algo así. "Y - me dice - debe ser por los cajones que tiene siempre en la vereda. Pobre, ella no entendía mucho, tuvo que venir la hija porque la señora estaba nerviosa".
La verdulería es chiquitísima, y entonces algunos cajones se apoyan en la vereda (como en cualquier verdulería que uno haya visto, prácticamente) que no es demasiado ancha. También apilan cajones vacíos junto al cordón. En realidad, no hay mucho ahí que moleste, es cierto que los cajones salen un poco del local, y achican la vereda. Y hay justo un árbol. Pero sobre todo, lo que sucede es que esa verdulería tiene la mejor verdura que yo haya comido hasta  el día de hoy. Tiene verdura barata, y otra de un precio medio pero de una calidad altísima. Eso hace que, el 90% de las veces, la vereda delante de la verdulería esté llena de gente que ya no entra en el diminuto local, esperando para ser atendida Hasta tal punto es buena esa verdura que yo, que en mi puta vida comí verdura, y qué digo verdura, ¡fruta después de comer!, una práctica que jamás me interesó, yo, que en amor al bife y los fideos, siempre dejé de lado las lechugas, hace seis meses que no paro de comprar en esa verdulería. La última adquisición fueron unas bananas bolivianas directo desde el Chapare que no se podían creer.
Le dije a mi vieja que le debieron caer de la municipalidad y labrarle un acta de contravención, tal como los artesanos o vendedores que tiran la lonita en la calle y que suelen terminar además sin mercadería y hasta cagados a palos. Esas deliciosas prácticas policiales que se practican en esta ciudad de mierda. La conversación quedó ahí, hasta que al día siguiente fuimos juntos a comprar algunas cosas a la verdulería de la boliviana.
"Te hicieron una multa el otro día", le dijo mi vieja a la hija, "pasé por acá y vi que estaban haciendo la multa, ¿te cayeron de sorpresa?". La respuesta, para nosotros, venidos del rioba, fue sorprendente. La chica, que es por cierto divina y vale aclararlo porque podría decir que me encanta mi verdulera, nos dijo que no era simplemente una multa sino una denuncia: alguien siempre los denunciaba, dos o tres veces al año. Mi vieja se quedó de piedra, y yo dije: viejas conchetas de mierda. Porque ese es más o menos el fenotipo de mis vecinos. Los bolivianos de la verdulería no sólo tienen la verdulería sino un almacén unos metros más cerca de Rivadavia, un típico almacén y quesería que además prepara comidas bastante baratas: no se dan una puta idea lo ricas que son esas comidas, si andan con hambre nunca entren, pueden terminar comprando demasiadas cosas. Para mi vieja y para mí, los negocios del barrio son una parte fundamental, gente con la que uno conspira, con  y no contra. Qué sé yo, en mi puta vida hubiera denunciado a Roberto, mi kioskero, o a Beto, el otro kioskero, cuando sin ellos no había barrio, no había golosinas, no había fosforitos, triangulitos ni chasquibum, no había "Roberto, te saco dos naranjú, anotáselo a mi mamá en la cuenta".
Me doy cuenta que usé mucho la palabra "puta" para hablar de mi vida, más puta será la de las viejas de mierda de mi barrio que porque, cuando sacan a pasear a su perrito de mierda se les complica para pasar entre la gente delante de la verdulería porque su perrito tironea para todos lados y le ladra a todo el mundo, porque la mentalidad de trogloditas que tienen hace que la culpa de su incomodidad la tengan los verduleros y no el cuerpo viejo, decrépito y mal usado con el que cargan, por esa lógica idiota denuncian a las personas que con una sonrisa de par en par les venden todos los días la mejor zanahoria para que se metan en el orto.


II

VISTO la necesidad de reglamentar adecuadamente la ocupación de la vía pública y CONSIDERANDO:
-Que el aumento creciente de la actividad ciudadana se manifiesta primordialmente en un intenso tránsito peatonal y vehicular que exige veredas y calzadas libres de obstáculos que permitan un normal y fluido desplazamiento;
- Que en esta materia adquiere marcada gravitación la existencia de los quiscos destinados a la exhibición y venta de diarios y revistas, que amparados en viejos usos y costumbres, hoy ya superados por la marcha del tiempo, están instalados en lugares inapropiados y en esa dimensión que, además de perjudicar el tránsito peatonal llegan a comprometer la seguridad de los transeúntes que en algunos casos deben descender la calzada para poder continuar la marcha;
- Que la Municipalidad, en ejercicio del poder de policía del que está investido y del que no puede renunciar, tiene la obligación ineludible de velar y cuidar el ornato, la estética, el orden, y la seguridad en la vía pública, buscando que la comunidad toda sea la auténtica destinataria del bien común que, en definitiva persigue el gobierno municipal
[...]
Por ello, el Intendente Municipal sanciona y promulga con fuerza de ordenanza:

ARTICULO 1º. La ocupación de la vía pública con artefactos o quioscos destinados a la exhibición de diarios, revistas y afines de la industria periodística, solo se permitirá en las condiciones establecidas en la presente ordenanza.
[...]
ARTICULO 3º. Lugares y medidas: La instalación de quioscos a que se refiere esta ordenanza, se ajustará a las siguientes condiciones: a)No se autorizará la instalación de más de un quiosco en cada lugar o parada. b) Las medidas máximas del quiosco cerrado serán: tres (3) metros de longitud; ochenta (80) centímetros de ancho; y dos (2) metros de altura. c) podrá utilizarse las puertas abiertas para la exhibición de los diarios y revistas, siempre que la medida máxima del quiosco abierto no supere los cuatro (4) metros de longitud y un metro con treinta centímetros de ancho (1,30) de ancho.
Podrá utilizarse un toldo o parasol construido con material igual o similar al resto del quiosco, que se colocará únicamente en el frente de atención al público, a una altura no inferior a los dos (2) metros, y con una saliente no mayor de (1) metro.
e) En ningún caso, el ancho del quiosco, con las puertas abiertas, podrá ocupar más de la cuarta parte del ancho de la vereda, incluido el respectivo cordón. Cuando el quiosco se instale próximo al cordón de la vereda siempre deberá dejar libre un espacio de sesenta (60) centímetros medidos desde el filo del cordón a la parte posterior del quiosco.
Ordenanza Municipal Nº33.188/76
REGLAMENTO PARA OCUPACIÓN DE QUIOSCOS EN LA VÍA PÚBLICA
OSVALDO CACCIATORE
Tomás Antonio Orobio - Ignacio del Prado - Guillermo Domingo Laura - Enrique Ortega - Ricardo T.E. Freixa - Oscar Ricardo Cervone - Miguel Miere.

Fuente: Boletín Municipal Nº 15.399 de fecha 23/11/76


III

¿Alguno se comió que se trataba de alguna ordenanza de Macri? Apa. ¿De qué nos sorprendemos frente a este tipo de cosas?
Nada, en realidad de nada. Ni nosotros, ni los que lo apoyan. Es más, mejor así, que quede todo clarito y escrito sobre la mesa. Y que las cosas sean un poquito más evidentes en esta ciudad con deber "republicano". Desde ya, y con total orgullo, no pienso amedrentarme con los carteles que te gritan para que no hagas cagar a tu perro en la vereda, la mía seguirá decorando los hermosos palieres de Pedro Goyena.


miércoles 9 de diciembre de 2009

Oh qué será qué será



I.

No sé qué pasó. Empecé cerca de diez cuentos y no terminé ninguno. No voy a decir que no los seguí porque creyera que eran malos, porque no sería honesta. Eran buenos comienzos, interesantes, entretenidos. Había uno que hasta se metía a narrar situaciones medio camp (punto a favor desde el vamos, al menos para mí). Con mucho pulso y un título lindo, un poco robado, pero no demasiado: “Los aviones”.

Era sobre dos mujeres que miran juntas las telenovelas de la tarde, y una decide empezar a experimentar con las posibilidades que brinda la sobreactuación. Sugiere entonces mirarlas con la tele en mute, y le promete a la otra que el argumento se va a entender lo mismo porque los gestos lo dirán todo. Su compañera no quiere, porque la voz de Gabriel Corrado le conquista el corazón todas las tardes. Pero sobre todo porque teme que el desarrollo de los amores sea distinto si no se lo oye. El título por el momento es solamente una corazonada, pero me promete.



II.

El chico, llamémoslo J para no revelar su identidad, llega al estadio sin entrada con la esperanza de conseguir alguna reventa que no le traiga problemas proctológicos. Se para en la puerta del campo y pregunta. Nada. Camina por la larga cola de la platea alta. Llega al final y ve a un hombre que llora. J lo compadece. No sabe qué lo aflige, pero lo compadece igual. La pareja de amigos que acompaña al hombre le palmea la espalda.

J intenta captar alguno de los consuelos. Hablan de un femenino que se dio a la fuga esa misma noche. J, rápido como él solo, mira las manos del llorón. Cuatro entradas, tres personas. Un hombre despechado que quiere desprenderse rápido y sin esfuerzo de todo lo que le recuerde a la mujer ausente.



III.

Escribí una carta. Hacía tiempo que no escribía una. Es triste y llorona, como toda buena carta que se precie (sólo se escribe a alguien ausente, bla bla bla). No la mandé porque, claro, ser triste y llorón es algo patético, y no queremos que el destinatario piense eso de nosotros (tal vez, habría que pensarlo, no haya que mandar cartas nunca para conservar siempre la imagen de  uno mismo como lo altivo). A propósito, el destinatario no es explícito (me cuesta lo del “Querido X”), pero la carta igual es arrastrada y, por lo tanto, impublicable.

Ah, y no soy yo quien habla. Escribo como si fuera un enamorado que se arrepiente de escribir una carta.



IV.

Otro cuento, ya que estamos. Un hombre que viaja a Cuba. Sentado en el malecón de La Habana con un cigarrillo apagado en la mano, piensa en todo lo que dejó atrás, de forma improvisada, en una ciudad del sur, tal vez Buenos Aires. Una mujer de caderas caribeñas le ofrece fuego primero y alojamiento después. Ella se llama Digna. No sé por qué, pero eso es importante. Tanto como su pseudo primo, Jesús, que no habla pero mete miedo con un cuerpo contrahecho.

Para éste no tengo título. Escribí en cuadernos, en hojas sueltas, una vez, incluso, en el reverso de un panfleto facultativo. Hace tiempo que promete, que prometo, que parece que va a tomar velocidad. Pero siempre lo congelo porque pienso que me falta algo iluminador. Se escuchan ofertas.



martes 8 de diciembre de 2009

It's a perfect day

Parece ser un día precioso, el sol parece que te parte la cabeza pero a la sombra debe estar lindo. Es feriado, así que la gente saldrá a pasear, o tomar fresco en su casa mientras disfruta de mirar el sol por la ventana. La gente debe juntarse a comer asados con amigos, tomar vino, dormir la siesta. Mis amigos se juntaron a comer asado y disfrutar del día precioso.
Pero yo, tengo que estudiar.
Desconfío de la obsesión de la clase media por el título universitario.

martes 1 de diciembre de 2009

Apa la papota!



No sé qué onda! Más info acá

Estúpida decencia

No jodamos, está clarísimo que las cinco tags más buscadas deben ser "porno", "tetas", "culo", "Jesica cirio penetración" y "mujer mermelada perro lamida".
Después se quejan del INDEC, dejate de joder.

jueves 26 de noviembre de 2009

Apa la papa!


miércoles 25 de noviembre de 2009

La puntualidad

Tuve la entrevista de trabajo más rara de mi vida. O, mejor dicho, no la tuve. Era en una futura librería de Palermo, bucan vendedores jovenes de la carrera de Letras. Cuestión que me levanté con tiempo, desayuné, y fui a imprimir el CV que me pedían. Y claro, como corresponde, la impresora no tenía tinta (culpo de ello tanto a Mags como a M. que imprimió en mi casa su fokin "paper" de psicolingüistica y no tuvo la delicadeza de avisarme que se había acabado la tinta). Así que tuve que salir corriendo, comprar un cartucho de tinta, volver, ponerlo, imprimir, y salir.
De todas formas, tardé poco. La entrevista era a las 12pm y 12 y diez yo estaba golpeando la puerta de la futura librería. Cuando se dignaron a abrirme, la señorita me dijo: "¿Usted es?". Ezequiel M., respondí. "¿A qué hora tenía entrevista, señor?". El mail decía a las doce del mediodía, dije, entrando en el lugar, sin llegar siquiera hasta los sillones aún. "¿Y qué hora es ahora?" insistió la señorita. Saqué el celular, miré, decía 12:13. Las doce y cuarto, le dije mientras empezaba a entender de qué la iba tanta pregunta. "Uy, bueno - dijo- va a tener que esperar hasta lo último porque como verás hay mucha gente esperando". Había, literal, cuatro personas. No hay drama, le dije, con la buena onda que me caracteriza cuando me quieren poner reglas incómodas al juego, si querés me voy a tomar un café y vuelvo más tarde, no tengo problema, a qué hora vuelvo, le digo entonces. "Sabe qué - me dice y hace una pequeña muequita- mejor arreglamos una entrevista para la semana que viene".
Me levanté los lentes de sol que ni siquiera me había llegado a sacar porque hacía tres minutos que estaba ahí y debo aceptar que el procesador se me tildó. "¿Sí?¿le parece? Nosotros le enviamos un mail para combinar una nueva cita."
Todo esto último lo dijo yendo ya hacia la puerta, movimiento que claramente seguí dando por hecho que nada más tenía que hacer ahí. Así que le dije, gracias, espero el mail, chau, nos vemos, y me volví a mi casa.
Espero que me llamen.


martes 24 de noviembre de 2009

Nunca es tarde para empezar a perder


El fumador y otros relatos
Marcelo Lillo

Mondadori
132 páginas

Gente que baila sola
Mondadori
216 páginas

 
A los cincuenta años, sin trabajo, con varios premios literarios ganados, pero nada de reconocimiento, Marcelo Lillo irrumpió en la literatura chilena con la publicación de El fumador y otros relatos, un excelente volumen de cuentos de una prosa directa y brutal que lo emparentó al instante con el legado de Raymond Carver. Por su parte, Lillo no tardó en alimentar el mito para reducir la distancia con el escritor norteamericano, y en cada entrevista se encargó de escribir su historia personal con el mismo aire de pequeña catástrofe y el mismo escepticismo que caracterizan a sus cuentos. Como uno de sus propios personajes, en 2002, Lillo renunció a su trabajo de profesor, compró una pistola Colt e hizo un trato con su esposa: vendería todo, juntaría todos los ahorros, se dedicaría a escribir y si en cuatro años no le iba bien como escritor los dos se pegarían un tiro. El contrato para la publicación del libro le llegó algunos pocos meses antes del cumplimiento del plazo. Ahora, Lillo va por su segundo libro de cuentos, Gente que baila sola, y prepara una novela que será publicada el año próximo, pero la amenaza del revólver debajo del colchón parece ser casi una declaración estilística.

En El fumador y otros relatos, Lillo demostró calzarse bien el traje de un psicópata con una lapicera, dispuesto a ensayar crueldades psicológicas una y otra vez, en todas las variantes de lo cotidiano, lo cercano, lo familiar, clavando historias para herir la sensibilidad. Es difícil trabarse en la lectura, es difícil no sentirse afectado por las desgracias humanas contadas con aire de normalidad que Lillo pone en escena en cuentos como Diente de león, que concentra la misma crudeza que Diles a las mujeres que salimos de Carver. Los relatos de El fumador... son monótonos y sorpresivos al mismo tiempo, una cualidad incómoda, como si detrás del aire de normalidad que detentan las historias se pudiera sospechar por un augurio maligno un revés de la fatalidad. En su primer libro, Lillo tuvo la destreza para producir psicosis a partir de la monotonía y, casi sin muchas vueltas de tuerca, hacer que los cuentos se sientan sobre el cuerpo. Como si no quisiera recurrir en ningún momento a los efectos especiales, prácticamente todos los cuentos de El fumador... son despojados y excelentes en el recorte de sus límites.


Otra historia es la de Gente que baila sola. Todo parece indicar que el escritor chileno, residente de la pequeña ciudad de Niebla, intentó duplicar una fórmula, y el resultado no fue tan contundente. Los primeros cuentos del nuevo libro de Lillo apuntan hondo, son quizá los más parecidos a la literatura de Carver y se manejan con la lógica de la bomba: el relato del momento preciso en que todo estalla, el breve resplandor. Pero a medida que se avanza no sólo los temas comienzan a repetirse sino también la forma de tratarlos, y los cuentos parecen perder la mesura con la que Lillo supo brillar.

En Gente que baila sola todos los cuentos se refieren a la familia y la soledad, pero sobre todo a familias imperfectas. O bien el cuento trata de un abandono (una madre, un padre, un hijo que se va), o de alguien que agoniza y muere, o de una pareja de un hombre y una mujer que se separan. En todo caso se asemeja bastante a un ejercicio de estilo en donde Lillo buscó trabajar una cantidad limitada de temas y elementos (el matrimonio que no tuvo hijos, la enfermedad, el personaje escritor, la perfidia), dándolos vuelta de un lado para el otro y organizándolos en sus múltiples variantes. Sólo dos cuentos escapan al eje temático: el destacado Noche de reyezuelos, que se puede pensar como el resultado del ejercicio de estilo, brillante y pulido, pero donde la temática ha cambiado; y Los pobres no pueden esperar, que nada tiene que ver con nada y merece ser olvidado. Lo cierto es que si en una primera parte la estrategia de Lillo funciona bien, el hecho de que el ritmo se vuelva tedioso a medida que se acercan los cuentos finales no se debe sólo a la repetición sino sobre todo a la pérdida de esa precisión que caracteriza los relatos de El fumador; al contrario, la intención de producir un efecto resulta demasiado deliberada y obvia, y en comparación con esos primeros cuentos de Lillo que pegaban sin pedir permiso, muchos de Gente que baila sola parecen, como mínimo, desprolijos.

La publicación conjunta, en nuestro país, de los dos libros de cuentos, El fumador y otros relatos y Gente que baila sola, parece ser una presentación por lo menos compleja para caracterizar al escritor chileno. Con muchos aciertos y demasiados errores, la escritura de Lillo promete tanto como genera resquemores. Si Carver reescribió su libro ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? durante quince años, tal vez Gente que baila sola, que fue escrito en tres meses, deba seguir el mismo camino. Por lo pronto, todavía es posible deleitarse –y sufrir– con El fumador y otros relatos, y esperar que para la publicación de su novela Marcelo Lillo encuentre a su Gordon Lish y se salve de las garras de la Colt.