jueves 16 de julio de 2009

Los que saben, saben

No me canso de leer a nuestro querido profesor Mr. Link.
Siempre brillante y filoso con sus análisis, sobre todo cuando habla de Lost.
Muy recomendado.

miércoles 15 de julio de 2009

La sinceridad

Yo cuando quiero leer la poesía joven leo la poesía de Rimbaud, que la escribió a los 16 años. Creo que Romeo y Julieta Shakespeare la escribió a los 20 y pico. Para leer a un joven leo a uno de verdad, para leer a Juan Terranova, no me quiero amargar la vida, porque para darla de Bukowski, y puede ser un buen pibe, pero se convierten en una caricatura de sí mismo que se repite hasta el infinito y la verdad creo que la literatura no merece eso.

La mediocridad del universo es falsa

Hace bastante que terminé de leer Los Lemmings de Fabián Casas. Pero me debía escribir algo más, aunque sólo fueran unas pocas líneas. Un poco porque quería rectificar lo que había escrito mientras lo leía. Y también para insistir en lo genial que me parece.

Ahora ciertamente no creo que sea verdad que su literatura haya nacida muerta. Críticos idiotas hay en todos lados, y me parece que es inevitable que tiendan a petrificar literaturas tan acabadas como las de Casas. Pero eso no es todo. Los Lemmings se la banca solo y mucho más allá de lo que se pueda decir o no sobre él. Me sorprenden dos cosas, o mejor dicho, la conjunción de esas dos cosas: la precisión poética y la frescura barrial. Y bueno, si me extendiera sobre eso caería en los planteos de todos esos que señalan el "nuevo lenguaje" que instaura Casas. Pero creo que sólo se trata de una visión literaria muy clara, muy nítida (no me cabe la menor duda de que Fabián es un tipo muy lúcido y docto como lector) que sigue muy de cerca la idea de conexión entre lo real y lo imaginario. Es, en verdad, un eje clásico, algo esperable de la literatura, pero no por eso fácil, ni frecuente.

Entonces, no es que Casas imponga un nuevo lenguaje. En Los Lemmings se narra con el lenguaje de nuestras vidas. Y si sorprende es porque, como siempre digo, hay demasiados idiotas que escriben y que día a día nos hacen creer que la literatura tiene ese lenguaje estancado, pétreo y sublime con el que escribía Borges. Quiero decir que la mayoría de las novelas o cuentos que podemos leer hoy, de autores argentinos contemporaneos, parecen escritas con el lenguaje de los años cincuenta, sesenta. Aggiornados, obvio, como es inevitable. Pero un lenguaje aggiornado no es más que un lenguaje puramente imaginario y caduco. Anacrónico. Por eso a todos les cuesta tanto escribir "teta" o "poronga", por eso les parece que queda tan mal si ponen "garchar" (para poner sólo ejemplos sexuales): porque son palabras que se salen del contexto de ese lenguaje viejo.

Fabián Casas escribe como un tipo de su época, de su edad, de su lugar. Eso no es menor, tampoco es grandioso. Hay que reconocerselo, pero tampoco decir boludeces. Es, sencillamente, algo con lo que podemos disfrutar enormemente y que vale la pena destacar, leer y releer.

*
Leí por ahí a alguien que reconocía en Los Lemmings una metáfora de la última dictadura militar. Yo no sé, también me parece una idiotez. La dictadura está, como corresponde a la temporalidad de esos relatos. Y no está en primer plano, y eso es un acierto. Y se la puede adivinar, entrever, y palpar en los cuentos de Casas. ¿Pero es necesario reducir el libro a eso?. Me parece que hay mucho más, hay calle, hay una ciudad, hay algunos amores, algunas amistades, nenes creciendo, delirios enormes y un rock and roll atronador. ¿Es necesario encontrarle un sentido a El bosque pulenta? No estoy de acuerdo. Es uno de los mejores cuentos de los últimos... no sé, ¿quince?¿veinte años?. Y cuál es el sentido del cuento. Pues meterse adentro, vivirlo, palpitar la sangre que corre ahí adentro.

No puedo afirmar tan soberbiamente que Fabián Casas estaría de acuerdo conmigo. Sí puedo dejar un fragmento para que cada uno lo evalúe y recomendar ampliamente que compren y lean Los Lemmings. Si no les gusta, me lo reclaman y yo les pago lo que gastaron.

El Gran Escritor quiso saber mi edad y si yo también escribía. Pero antes de que le pudiera contestar se largó con un rap. Dijo que para escribir había que ser humilde, que la literatura de masas es el enemigo de la literatura seria, que uno trabaja y trabaja pero nunca se termina, que las ambiciones son enormes y los resultados son deformes, que siempre hay que preocuparse por cambiar, que la literatura de X era una mierda, que lo que escribía Z sólo era publicable entre idiotas. Aspiró, largó humo. Se quedó callado. Me hubiera gustado preguntarle si en algún momento se había dado cuenta de que yo estaba a su lado desde la mañana. pero en cambio le dije que leerlo me ayudó a escribir, que yo encontré mi voz hurgando en sus novelas. "¿Le gusta mi obra?", me preguntó mientras usaba un mondadientes de chupetín y me miraba de reojo. [...]
Con el fondo del ruido mecánico de esos aparatos, el Gran Escritor fijó su mirada melancólica en la calle y me dijo: "Una vez, cuando era muy joven, me tocó acompañar a Borges en una visita que hizo a mi pueblo... Era un tipo muy divertido... Me acuerdo que la noche anterior casi no pude dormir... Si usted va a ser escritor tiene que leer a Borges... Sobre todo el Borges de El Aleph, Ficciones, Discusión... Después empezó a repetirse ¡y es un poeta malísimo!".
El Gran Escritor se quedó rumiando algo. Entonces, como si fuera un medium en trance, me empezó a dictar el super canon: Borges, Macedonio, Juan L. Ortiz, Faulkner, Onetti, Musil, Joyce, Kafka. Me parecía estar en la cancha escuchando a La voz del Estadio pasar la formación de un equipo de muertos. Cuando el listado pareció llegar a su fin, yo, tímidamente, le pregunté si le gustaba Ricardo Zelarayán. "¿Zelarayán?", me dijo. "¿Es un escritor argentino?". Le dije que sí. Se quedó pensativo un rato largo, mirando la mesa, la tacita blanca de café. Era Anatoli Karpov pensando qué pieza mover. Después agachó el mentón, se durmió, roncó, pedorreó.
De "Casa con diez pinos" en Los Lemmings y otros

*Fotos by Mags

martes 14 de julio de 2009

La primera


Estem... permiiiisoooo....
Paso a contarles que en esta hermosa revista sobre cultura joven llamada WICKED podrán encontrar la nota (que algunos ya han visto por ahí) a Andrea Álvarez sobre el circuito under....
SÍ!!! BELU IS ON THE PAPER!!!!
La revi se consigue en todos los kioscos de capital y en algunos lugaretes más (y si no está en el kiosco la piden!!!!!) Sale $8 y es preciosa.
Para el próximo número, estoy preparando una entrevista con la banda TRAVESTI y con los dueños de la galería de arte JARDÍN OCULTO.. y si todo sale bien... sale una nota de tapa sobre sellos independientes...!!!!!!!!
Compartiendo la alegría de ver el nombre de uno en el papel, los saludo cordialmente...
LOS QUIERO PUTOS!!!!

viernes 10 de julio de 2009

El colgado

Para Radar Libros

En la pausa
Diego Meret

Mansalva
80 páginas

En uno de los capítulos centrales, Diego Meret confiesa que la mayoría de las personas que conoce no lo considera verdaderamente un escritor. Y podría tratarse de una afirmación menor si En la pausa no fuera, como es el caso, una autobiografía de un escritor no consagrado. Más allá de los problemas y discusiones sobre el género, el libro de Meret tiene una esencia extraña, y por momentos ciertamente cautivante. Ganadora del premio Indico Rico de Autobiografía 2008, En la pausa es antes que nada una novela de iniciación de un solo personaje, un lector compulsivo y desordenado que sufre de disritmia, una suerte de “inexistencia momentánea” en que la mente queda detenida y en blanco. Como un personaje digno de Los Lemmings de Fabián Casas, barrial y literario, cuenta de manera concentrada algunos episodios de sus siete años como obrero textil, recuerdos secundarios de la infancia y la familia o de la adolescencia perdida en la calle. “Fueron los años del menemismo, cuando todo el mundo estaba en la calle. Era como si no hubiera a donde ir, pero igual era como si cada instante estuviéramos por ir a algún lado. Muy raro. La calle, tomar cerveza, caminar, la vuelta. Había como la necesidad de deslizamiento, pero de un deslizamiento estéril, muy parecido a la inmovilidad.”

Entre medio de esos relatos independientes, o más bien uniéndolos como un hilo argumental que sostiene el entramado, está la historia de la lectura y la escritura: el primer libro –el único de la casa–, la lectura obsesiva y la determinación de obligarse a leer una cierta cantidad de páginas por día, la habitación de un hotelucho convertida en un refugio de escritura. Como si el libro se narrara a sí mismo, En la pausa relata el proceso de su propia creación, los estados intermedios entre recordar los sucesos de vida y escribirlos, las preguntas por la forma de seleccionar esos recuerdos y cómo contarlos para convertirse en escritor.

A veces, aunque todo se trate de eso, Diego Meret se detiene demasiado en los contornos, haciendo valer su propia descripción de chico colgado, y el libro se estanca en las dificultades para avanzar en el proyecto de escritura y las dudas sobre estar haciéndolo bien o mal. Y así es que por momentos el relato se descentra. Digamos que todo queda excesivamente pausado, pendiente de una afirmación. Si se logra volver a mirarlo como una novela marcada por los ritos iniciáticos de un escritor joven, es posible reencontrar el encanto del libro en esa inseguridad devastadora que lo hace tambalear constantemente. Ahí es donde En la pausa resulta deudora de la figura del escritor que defendía Arlt, y escribir se vuelve una necesidad para la que no importa si se hace con estilo o calidad literaria. “Sólo siento movimiento cuando escribo, aunque no sepa bien a qué me refiero con ‘movimiento’. Y aunque sepa que soy limitado mentalmente, estoy seguro de que no en todos los casos la inteligencia fabrica buena literatura. La mía no es buena ni mala (puede que sea mala, pero no me animo a afirmarlo), pero es una literatura hecha sin inteligencia, es una literatura hecha contra reloj. Es un vicio que me agarré.” Como una contracara de Las palabras de Sartre, Diego Meret alcanza a construir una autobiografía que no puede ser otra cosa que la vida signada por la lectura y la escritura, y que, sin embargo, no se presenta como el cierre o el ajuste de cuentas de esa historia sino que precisamente la inicia y le otorga valor a partir de su propia creación. Puede que En la pausa termine por ser objeto de más reflexiones literarias de las que merece, pero sí es preciso reconocerle que hay ahí algo más que el simple relato autobiográfico de un escritor no consagrado.

viernes 3 de julio de 2009

Leer para creer

Para Radar Libros

Contraluz
Sara Rosenberg

Siruela
156 páginas

La cuarta novela de Sara Rosenberg tiene algo de policial: hay un crimen, una persona –o varias, en realidad– con motivos para investigarlo, unas extrañas circunstancias de muerte y mafia, negocios y más crimen por detrás. Todo esto, más teatro. Porque más allá de las alusiones al mundillo –una actriz, sus ensayos, su marido, un director de renombre, obras de Jean Genet, productores y falsos periodistas del mundo del espectáculo– Contraluz parece tener una escena teatral atrás de otra y se nota con agrado que la autora (ganadora del premio internacional de teatro La escritura de la diferencia 2006), las maneja con la sutileza de una constante puesta en escena.

Una actriz de teatro alcohólica cree que mataron a su marido, que desapareció de su casa en Madrid hace varios días. Pero a ella nadie le cree porque la acusan de paranoica: piensa que algunas personas, las mismas a las que atribuye el asesinato de su marido, entran a su casa todos los días a cambiarle los objetos de lugar. Puede haber motivos muy diferentes para investigar una muerte misteriosa. Esa paranoia de la protagonista es una versión exagerada y enfermiza de la curiosidad de un detective, que la mueve a descubrir una verdad aunque más no sea por desmentir lo que se dice de ella.

Pero como todas las cosas vistas a contraluz, de repente la paranoia deja de ser tal, el más loco es en realidad el más cuerdo y los que parecían amables, viejos amigos, están en realidad entongados con Bussi, los militares y la desaparición de personas. Nada en Contraluz es lo que parece.

En un solo hilo, en una misma situación, se cuentan muchas historias al mismo tiempo, todas recorridas por la persecución y el miedo, que para los personajes, buenos y malos, es una manera “de reflexionar, de soñar, de hablar”. Y cuanto más se sabe de aquella muerte misteriosa mejor se ven los contrastes entre perseguidores y perseguidos.

La autora parece tener muy claro el momento más conveniente para salirse con frases excelentes, ácidas, pero que sobre todo se meten de lleno en los personajes sin abandonar en ningún momento la tercera persona. Y así parece que la voz que cuenta la historia es una constante conversación de lo que no se dice.

Da gusto encontrarse con un libro donde todas las cosas desde un principio tienen “sabor a secreto”. Como si Rosenberg hubiese podido medir la dosis exacta de palabras para lograr una escritura con aplomo y ligera al mismo tiempo, en Contraluz nunca se sabe lo suficiente como para dejar de leer. Toda la novela tiene esa sonoridad especial de la literatura argentina escrita desde Madrid.

Develado o no el misterio de la muerte, se da vuelta la que parece la última página y se tiene, por suerte, un epílogo que aplaza al menos un poco más el final ineludible. Y es ese epílogo el que pone el punto final necesario en la historia: porque la novela aborda temas de la realidad política argentina y española, parece que fue necesario aclarar, antes del fin de la última página, que lo demás es literatura.

martes 30 de junio de 2009

Seis pies, una flor

Estoy en la casa de mi abuela otra vez. Dentro de dos días hace exactamente un año que se murió. Escribo parado en el patio de loza (ya no queda ni una mesa, ni una silla en la casa), justo en el descanso donde mi abuela se sentaba todas las tardes. No se movía de acá. A veces jugábamos al fútbol, yo pateando desde la otra punta del patio, ella sentada en este lugar, como al costado del arco, atajando mis penales con una escoba.

Me puteo porque además de estar escribiendo incómodo, parado -ya lo dije-, no traje mi cuaderno. Es lo único con lo que intento no ser descuidado, casi que siempre lo logro, hoy se me pasó. Entonces busco por la casa y encuentro primero una lapicera y después la agenda de mi abuela. Es azul, de tapas duras y dice Agenda Perpetua en la tapa con unos ribetes que debieron ser dorados. Claro que me doy cuenta que se llama "perpetua" porque no tiene los nombres de los días asignados a los números del mes... pero esa atemporalidad me parece un buen gesto para el caso, bastante apropiada. Es, claramente, perenne.

Miro el fondo de tierra que le sigue al patio. Hace poco le pagamos a un jardinero para que sacara todos los yuyos y lo emprolijara. Me adelanto por el caminito de cemento, esquivo la estructura donde antes estaba la parra. Son algunos palos y caños en proceso de derrumbe pero que no se han caído todavía. La parra desapareció hace mucho; mi abuela me explicó que los pajaritos le comían las uvas y terminaron por secarla.

Paso el poste caído. Me enredo con una baba del diablo. Automáticamente me persigno contra la desgracia. No soy católico, ni siquiera muy creyente.

El árbol de pomelos sigue alto, pero completamente seco. Me encantaba usar el zapín para bajar los pomelos maduros y comerlos con azucar. La higuera ya no está, pero no me doy cuenta, sólo pienso que falta algo en ese sector de tierra. Del limonero sólo quedan unas ramas, pero el tronco desapareció. Lo peor, pienso, es el jazmín. Durante años amenazó con secarse pero todos los veranos volvía a dar racimos de capullos que mi abuela nos regalaba de manera automática a mi hermana y a mí. Este verano no salió ni una sola flor, y ya está fosilizado.

Contra la pared del fondo los árboles están grandes. Un laurel y al lado (mi vieja tenía razón) el ficus que está hermoso y alto, bastante más que la pared de la medianera. Una torcacita le remueve la tierra al ficus y cuando me acerco levanta la cabeza e infla el pecho. Cuando mi abuela murió decidimos enterrar las cenizas debajo del ficus. Nos pareció lo más apropiado.

El galpón ya está vacío; el rosal sobre el techo, escualido. Tiene dos rosas, las corto para llevarselas a M. Las primeras flores que le regalé a una chica fueron dos rosas de ese mismo rosal.

Me cuelgo viendo las anotaciones de mi abuela en su agenta perpetua, su letra de siempre como la de una nena de diez años: clara y redonda. Son notas desordenadas que me llevan de un lado a otro, y me olvido de seguir escribiendo.

viernes 26 de junio de 2009

Te aplaudo por bardero

En nuestra utopía libertaria (que es más pequeña y cotidiana de lo que realmente parece cuando aparece escrita así) nunca hubo ni habrá lugar para la autoridad. Porque si bien esto no es ni Mayo 68 ni el 69 cordobés, en todo bar donde nos sentamos a rompernos el bocho existe la tímida convicción de que estamos haciendo cosas nuevas y de manera independiente, esto es, lejos de la vigilancia y del régimen cada vez más oscuro del mercado. Por eso no nos gustan las editoriales corporativas ni los sellos discográficos, odiamos el rosqueo y nos encantaría participar en alguna orgía cocainómana de esas que saben organizar frecuentemente los artistas visuales. El susurro que crece como volcán en los baños de nuestros nuevos centros culturales es uno solo: adoramos el indie, nos autogestionamos.

El habernos convertido en nuestros propios jefes parece ser una de las pocas victorias que podemos atribuirnos como generación. Esa, y también la de mantener intacto el odio hacia la autoridad. ¿Pero qué pasaría si todo esto fuera una mentira? Si toda esta confianza en nosotros mismos, si toda esta ética exhibida como medalla de guerra no se tratara precisamente de su opuesto; si nuestro desprecio por el mainstream no fuera otra cosa que el signo clarividente de una vocación de dependencia, de una voluntad de sujeción al orden policial de la cultura y el mercado. Si toda nuestra literatura no fuera más que abono destinado al jardín de la falsa conciencia. Si la interrupción violenta al régimen de nuestra correción política no fuera obra de nuestros poetas civiles, sino de la lectura de la literatura producida por los hijos de trabajadores pobres que visten los uniformes de la PFA.

De "Literayuta: apuntes sobre la falsa conciencia", por Alfredo Jaramillo. El Interpretador, abril-mayo 2009, nº 35.


miércoles 24 de junio de 2009

Ring! (jugando al teléfono descompuesto)

Ayer estuve todo el día sin teléfono en mi casa. Mi madre llamó desde su trabajo a telechot para pedir reparación. Primero, se lavaron las manoplas: no era de la línea, dijeron, sino de uno de los aparatos. Entonces yo, como buena hija obediente que soy, me puse a hacer pruebas conectando y desconectando los dos teléfonos que tenemos en las distintas salidas para ver cuál era el fallado. Ningún cambio, todo igual. Le dije a mi madre que llamara de nuevo porque estaban equivocados. Entonces le dijeron (y presten atención, por favor, porque este argumento es increíble) que los aparatos funcionan en paralelo y que había que conseguir algún otro, de un vecino, por ejemplo, para ver cómo se comportaba la línea con eso. Sí, claro, como si mi teléfono tuviera memoria para recordar que hasta hace cinco minutos estaba enchufado en la misma línea que otro que no andaba. O como si yo tuviera tanta mala leche como para que de repente un día, de la nada, dejen de funcionar mis dos teléfonos a la vez.

En fin, lo importante en este asunto es que yo tenía razón. Un rato más tarde la llamaron a mi madre al trabajo y le pidieron disculpas porque nos estaban digitalizando la línea y por eso no nos estaba funcionando como corresponde. En el transcurso del día tenía que resolverse.

La cuestión es que ayer a la noche, a eso de las diez y media, suena el teléfono. Mi madre atiende y parece poder hablar normalmente. Una señora, Susana viene a llamarse, le cuenta que ella vive a la vuelta de mi casa y que también estuvo con problemas en el teléfono durante el día. Y ahora, parece, nos cambiaron las líneas, dice la señora: yo, para llamarla recién a usted, marqué el número de mi casa, y si usted marca el suyo suena en la mía.

Yo, mientras tanto, quiero divertirme llamándola a mi madre al celular y haciéndome pasar por alguien que la llama desde un número que no tiene registrado. Pero no sé mentir y, en el medio de la impostación, me tiento y no puedo parar de reírme.

martes 23 de junio de 2009

Encontrar mi lado salvaje

Llevo leídas dos novelas de J.G. Ballard, dos aciertos. No es nada para los varios libros que tiene, pero alcanza para respetar la lucidez de este señor escritor. Y no son dos libros principales en su obra, ni Crash, ni Noches de cocaína, ni El imperio del Sol, ni siquiera El mundo sumergido, la primer novela. Primero, leí Millenium People ( "Milenio Negro" para mi traducción), ahora Running Wild ("Furia Feroz") - vale decir: cuánto mejor que suenan los títulos originales en inglés. De otros no me quejo, estos dos resultan fundamentales-. Y así y todo, siendo dos novelas laterales - cosa que supongo sin tener demasiada idea-, así y todo, decía, es imposible no reconocer, como dije antes, la lucidez de Ballard.

La lucidez (diabólica, apocalíptica, aunque sea redundante) para ser lo que debe ser un escritor cuando escribe. Porque frente a una idea como la de esta novela, alguno de todos los boludos que anda dando vueltas por ahí - y que desgraciadamente se dedican a escribir- hubiera hecho una novela de 300 páginas, alargado cada detalle, dado vueltas y vueltas intentando lucir la prosa, reflejar los problemas existenciales que siempre debe reflejar la literatura, aunque estos sean los más mundanos. Ballard, en cambio, hizo una novelita. Y que la llame "novelita" no la desmerece. Es una novelita, tiene unas 120 páginas, se lee en dos horas y media, y uno se imagina de qué la va todo desde el principio. Casi desde la tapa.

Pero es de una lucidez abominable. Fría, un palazo a la cabeza. Seca, no se enrosca ni un segundo en el melodrama. Sólida, parece que no hubiera ficción, que no hubiera "novela" en el sentido más rosa y desmedido de la palabra, y de ahí su mayor logro ficcional. Breve, no hay nada de más. Nada. Me vuelve esa palabra a la cabeza: lúcida: es lo que tiene que ser.

*
La contratapa para que tengan un poco de la historia:
"En Pangbourne Village, una urbanización de superlujo en Londres, viven unas pocas familias de muy alto poder adquisitivo en magníficas mansiones y con todo tipo de servicios exclusivos. Su vida se rige por una estricta planificación que pretende dar a sus hijos el ambiente más favorable para su crecimiento. Pero una mañana todos los adultos aparecen asesinados y los niños han desaparecido. La policía, desorientada en la investigación, recurre al psiquiatra Richard Greville."


Estoy seguro que cualquiera de los autores a los que estamos acostumbrados se habría metido excesivamente con el psiquiatra Richard Greville, su relación con la policía, las reflexiones sobre la sociedad moderna. Las hay, hay de todo eso, poco, lo necesario, lo medido, y por eso también resulta un libro desolador. Casi una crónica periodística armada desde la literatura, desde la mejor literatura y con la mejor conciencia literaria, esa que descree de que la literatura tenga que dar tantas explicaciones. O en todo caso, no más que las que forman parte de la historia. Porque todo el resto es realidad, nada interesante.
Seguiré con J.G., ya ha cautivado mi corazón.

*Fotos by Mags

jueves 18 de junio de 2009

El chabón azul

Hace rato que intentamos sumarlo al staff de los Cieguitos, pero no hay caso. Ya le ofrecimos de todo: dinero, fama, mujeres, droga, chiches tecnológicos. No agarra nada, al pibe le gusta tomar té de jengibre, canela y miel, disfrutar la filosofía, y usar Linux. Hasta ahora no hemos podido comprarlo, sólo logramos que aparezca en los créditos del staff al costado y nada más. Nuestro amigo Fran sigue colgado de su Hamaca Paraguaya, escribiendo por las suyas.
Pero el otro día, con cierta tranquilidad, empezó un nuevo blog, de esos desde la comunidad para la comunidad, y nos invitó a hacerle el aguante. Está subiendo lindos discos para que cualquiera descargue, por lo que vi hay de todo un poco pero con cierta distinción, cosas que desconozco por completo pero que no dudo estarán muy a la altura de las que sí conozco. Tipo de azul se llama el blog, pueden darse una vuelta y pispear qué hay para bajar. Los Cieguitos colaboraremos con el honrado proyecto.


El gusto es mío

Voy a hacer algo que ayuda a desmentir un refrán -un refrán que, por cierto, es falso hace tiempo, con o sin mi intervención-: voy a escribir sobre gustos (no con la intención de aportar a la falsedad del refrán, claro está).
Cada tanto uno descubre patrones, denominadores comunes en sus gustos, especialmente en lo que refiere a personas (y más aún a personas del sexo opuesto – o del mismo sexo, según sean, justamente, los gustos de cada uno). En mi caso particular, hace años que sé que encuentro un atractivo especial en los hombres músicos. Y sin embargo, pese a que es algo que sé hace tiempo, no dejo de descubrirle a este gusto nuevas facetas.
La semana pasada iba arriba de un colectivo, sentada atrás de todo, casi dormida, cuando de repente se subió un muchacho que inmediatamente llamó mi atención por sus, digamos, excepcionales cualidades físicas. Ya estaba yo cerca de mi casa, así que me paré en la puerta trasera que quedaba justo, oh casualidad, detrás del chico lindo y su largo cuello y sus rulos negros. Apreté el timbre lamentando con el alma tener que bajarme y noté, como quien no quiere la cosa, que mi chico sacaba un cuaderno anillado de su mochila. Y como yo estaba justo detrás de él, pude leer, sin que lo impidiera mi aguda miopía, lo que decía en la tapa: método avanzado para pianistas de jazz. Me sonreí al bajar del colectivo y me escuché decir en voz alta en el medio de la calle que incluso cuando no me gustan por eso en realidad me gustan por eso.

miércoles 17 de junio de 2009

La puta madre, loco, la puta madre!

Estoy triste. Era de lo más reconfortante escuchar a ese trolo para nada reprimido.
Un abrazo, puto lindo!!!!
Ojalá que hayas tenido una buena vida.



... habiendo tantos y tantas malgarchadas dando vueltas, vivitos y culeando...

lunes 15 de junio de 2009

Grandes reflexiones pilíferas

“Compañeros, todos ustedes han padecido, durante diez años, la presidencia de un señor de origen riojano. Al principio aparecía como una suerte de personaje clonado de Facundo Quiroga. Era un caudillo federal. Piensen el subrayado en materia pilosa, que hacía referencia a Quiroga, gobernador riojano.
Sería muy interesante hacer una lectura de Facundo Quiroga y de Domingo Sarmiento a través del pelo. Fidel Castro, compañeros. Tanto es así que después se prohibieron en el ejército cubano esos excesos capilares, convirtiéndose en un monopolio del comandante. El tema del pelo. Los mozos de los restaurantes tenían prohibido usar bigote (no digo ya barba), entre otras razones porque se sospechaba que esa abundancia capilar podía desparramarse sobre una cazuela.

Confieso que ese es uno de mis dilemas: ¿Cómo no voy a estar afeitado? ¿Cómo no voy a ser civilizado?" (recuérdese, por favor, su legendario, mítico bigote) "La iconografía del mundo victoriano nos muestra a los hombres escrupulosamente afeitados. Era una infracción dejarse el bigote y a eso se adscribe Sarmiento. Tanto se adscribe Sarmiento a la afeitada, que termina calvo.”

¿Cómo no quererlo al viejo Viñas si es capaz de decir estas cosas en una clase en Puan y, encima, no quejarse de que lo publiquen? Digo, en clara oposición a otros que se niegan a que se los desgrabe por el risible miedo a que las boludeces que dicen queden - oh qué horror - escritas, impresas, legibles.

domingo 14 de junio de 2009

Heavy metal

Lo primero que hice fue lanzar novecientos mensajes por Internet. "Mensajes en botellas", como dice Police. Los textos eran variados pero en definitiva todos decían lo mismo:
BUSCO UN HOMBRE QUE ME TORTURE SEXUALMENTE HASTA MATARME.
Por fin uno me ha respondido. Estoy muy excitada. Se llama Robert y es analista de sistemas.
Mi nombre clave es nancyconcentric.net. El suyo: slowhand.net. Espero, sí, que tenga mano lenta. Lenta pero segura.
Desde hace unos días intercambiamos mensajes eróticos. sabe que soy gordísima porque se lo dije desde un principio. No quiero defraudaciones ni estafas. Pero a él no le importa. Al contrario: le entusiasma. Dice que así hay más para castigar. Exactamente mis mismas palabras. Somos almas gemelas. Estoy muy enamorada. Me dice que desea hacerme sentir su desprecio con letra roja, viviente y de fuego. Sus palabras me llenan de ternura.

De Las gordas también viajan en Internet, de Alberto Laiseca en la antología de cuentos Los nuevos pecados capitales