miércoles 11 de noviembre de 2009

Los nenes de papá


No sé cuándo fue pero hubo un momento en el que el cine se volvió emo. ¿Cómo es que le dicen los gringos? Indie. Nombre que ya nada tiene que ver con nada, como todo mote, claro. Es decir, si para hacer cine independiente había que ser, precisamente, independiente, para hacer cine Indie sólo habría que producir copias berretas y aburridas de The Catcher in the rye tal como hace mi tocayo de name and surname (digamos que Salinger lo inventó todo y estos giles sólo le agregaron lo queer) o bien poner a Michael Cera o a alguien como Jesse Eisenberg que actúa como Michael Cera pero peor y seguir el legado del costado naif de American Pie.

Juno la vi porque me encanta Ellen Page, me enamoré de ella -como todos- en Hard Candy, y con Michael Cera tengo un grave problema, no puedo evitar ver Arrested Development cada vez que lo engancho en I-sat y Cera es sensacional. En fin, todo esto para decir que Superbad no me divirtió tanto como debería, que el Indie no me cabe, que no vi Adventureland, pero que acabo de terminar Zombieland y la recomiendo.


De entrada, veo toda película que sea de zombies y toda película que sea de vampiros, con lo cual era inevitable. De segunda, estaba Woody Harrelson. Y creo que eso es más o menos todo. Es una película bastante ridícula, gore por un lado, tarada por el otro, con esta minita de la que no sé el nombre pero que está más buena que las vacaciones en Brasil tomando caipirinha.Tiene un buen comienzo, y altas escenas con Harrelson en su mejor faceta de asesino por naturaleza. Anda para ser bajada en todos lados, así que búsquenla. Rescata un sábado.


jueves 5 de noviembre de 2009

Seguí participando

En mi barrio, es decir, mi viejo barrio, allá, del otro lado del Riachuelo, este tipo de cuestiones eran más sencillas. Bueno, sí, la Ciudad Psicótica tiene muchas ventajas, pero en este caso allá era más simple, sencillo como debía ser en la Rusia revolucionaria. Quiero decir, había lo que había, y se acabó. Por ejemplo, vamos con el caso. Algo inusual: en una semana tomé dos veces Pecsi. Yo, Coca. Mi teoría: la Coca es del pueblo y lo primero que tiene que hacer la revolución es devolversela al pueblo y dejar que la bandera roja flamee. Pero por circunstancias ajenas a mí tomé dos veces Pecsi, y de botellita de plástico, y en ambos casos en la tapita me salió una Pecsi grátis de 1.5 litros. Me dijeron que soy un tipo afortunado; pesimista como siempre, creo que el destino me condena. Allá en mi viejo barrio, les contaba, la cuestión era así. En la vereda de enfrente a mi casa había básicamente dos kioskos. Y digo básicamente porque tendía a haber tres, abiertos en distintas casas, en distintos lugares, en distintos años y todos con el mismo resultado: cerrados. Pero los que siempre estuvieron fueron dos. El que estaba justo enfrente, que le pertenecía a mi querido amigo Roberto, y que tenía lotería, quiniela, esas cosas, y el de la otra esquina, que le pertenecía al barrialmente famoso Beto y tenía librería, fotocopiadora, figuritas a montones, juguetes y buzón de Papá Noel para navidad. Beto era, irremediablemente, el que tenía todos los canjes de todas las promociones. O no.
Y qué quiero decir con esto. Uno iba a lo de Beto y le decía: Beto, tenés esta promoción? Y Beto te decía sí, y te canjeaba. O te decía no, y entonces la promoción dejaba de tener importancia para uno porque si Beto no la tenía, la promoción no era relevante, nadie más la iba a tener, las opciones estaban cerradas y pum se acabó.
Ahora resulta que hace una semana ando con dos tapitas de Pecsi en el bolsillo y en la Ciudad Psicótica no se ponen de acuerdo. Ni siquiera aquellos lugares que tienen el cartel de la promo (y creanme, fui a un par) me las quieren canjear. La última respuesta que recibí es que se canjean "en los autoservicios". Es enfermizo cómo todo acá se resuelve en una estación de servicio. Y mierda digo, porque a pesar de que no creo poder canjearlas, voy a seguir intentándolo y perdiendo energías.

lunes 2 de noviembre de 2009

Recibimos









-Yo quiero ser malo y ponerme triste por mi vieja...
-Tú no vas a ser nunca malo- replicó el Animal.
-¿Por qué?
-Porque tienes el futuro asegurado.
-¡¿El futuro asegurado?!-Estábamos casi en la cima y el viento arrasaba los árboles y nos llevaba el perfume de los eucaliptos.
-Los malos son los perdedores, los que andan con la ropa pasada a humedad y no usan pañuelo para sonarse los mocos-dije.
-Somos los que no tenemos padre- me ayudó el Animal.
-Y nuestras madres son empleadas domésticas, y más encima ladronas que le roban comida a sus patrones para alimentar a sus hijitos.
-Los malos tenemos la boca muy podrida-remató el Animal, una feroz autocrítica. ¡Sacaste toda tu inteligencia esa noche, Animal!-. Tú no tienes la boca podrida, Camioneta, eres feo pero no hediondo.
 "Noche de Reyezuelos" de Gente que baila sola. Marcelo Lillo.


Apa, ¿vieron cómo me hago el canchero? Mondadori no me da nada pero seguro que todos se comieron que sí. Cuestión de presentarlo lindo para parecer importantes.

jueves 29 de octubre de 2009

dreams come true at JEDBANGERS.


primera parte de la Entrevista a Campino de Die Toten Hosen.
x: Belén Agustina Sánchez für Jedbangers Magazine.
(still cannot believe it.)


el resto en tu kiosco, amigo.



miércoles 28 de octubre de 2009

Principe y mendigo

Negro brillante, tentador y... caro: Tirana Memoria de Castellanos Moya. Otro de mis impulsos consumistas que intentan subsanar la ausencia de nicotina en la sangre. ¿Alguien que me diga si está bueno?



 Creo que ya puedo ir configurando algunas reglas que rigen mi comportamiento en las librerías y frente a la compra de libros en general. Dado que viene siendo costumbre, entre esas reglas, no sé si la primera pero sí la segunda o tercera debería ser que: Libro de escritor latinoamericano desconocido encontrado en mesa de saldos se compra sin dudar. Angosta de Héctor Abad Faciolince, aparentemente la va de Sci-fi. Prometo comentar algo al respecto cuando la lea.


En un estrecho valle de los Andes queda Angosta, una metrópoli de tres pisos, tres castas y tres climas. la ciudad está partida por el río Turbio, separada por las montañas, dividida por un muro y un Check Point. la aparente ficción futurista, a través de un grupo de personajes entrañables, se convierte en hiperrealismo contemporáneo: Angosta es un resumen poético -violento, erótico y político- de alguna ciudad colombiana, pero también del mundo.

¡Qué obsesión que tiene la gente que escribe contratapas con la mímesis!¿Nos cansaremos prontamente del Based on a true story?

sábado 24 de octubre de 2009

Marilynizados

Ayer por la noche, justo cuando la tormenta castigaba a la ciudad, fuimos con la Bletemita Bastarda (A.K.A Belén A. Sánchez) a entrevistar a Mariano Dorr a su depto de San Cristobal. La Belu lo arregló todo con la intención de seguir metiendo entrevistas en la Wicked, yo fui a romper las pelotas y tomar unas birras con ellos. Conocimos a la inestimable Teté que nos recibió con una picadita de lujo y nada menos que una Corona fresquita, conocimos a la hermosa Didi, una muñeca rubia que corretea por ahí plantando alegría en los rincones, y tuvimos una larga charla con el Sr. Dorr respecto de Musulmanes, la literatura, la ciudad, la locura...
Parece que afuera hacía frío y el temporal barría a la gente de las calles, nosotros lo sentimos poco y nada, en el depto de San Cristobal se estaba muy bien y nos trataron como reyes o, mejor aún, como amigos de la casa (esperemos haber sido dignos). Lo cierto es que da gusto cruzarse con gente tan linda.
Por lo pronto, tenemos un montón de cassette para desgrabar. Próximamente (y luego de que salga en la revi) tendremos por aquí la extended version de la entrevista al prestigioso Marianodorr.

miércoles 21 de octubre de 2009

Circo de rock and roll


lunes 19 de octubre de 2009

Sobre la apropiación de los discursos ecologico-sustentables I

Sobre la apropiación de los discursos ecologico-sustentables.
1ra parte: el mito edénico.
Introducción.
Empiezo esta serie de trabajos con la intención de polemizar un poco sobre parte del contenido que circula en relación a la problemática ambiental, propia de la crisis de sustentabilidad que el modelo de acumulación del Capital viene provocando hace más de 2 siglos.
Ya van apareciendo supuestos: el problema no es ni nuevo ni (cada vez menos) eludible. El primer monocultivo destructivo en nuestro continente fue el de la caña de azúcar, que fue el encargado de convertir el norte de Brasil (y las Antillas, y parte de Cuba) en lo que hoy conocemos: un páramo.
Pero la información es cada vez mayor, va más rápido y eso tampoco parecería ser garantía para la acción rebelde. Fue como el descubrimiento de los sindicalistas revolucionarios, que pensaban cambiar el modelo de producción a través de la huelga general revolucionaria. Nadie puede hacer la revolución desde Internet, eso queda claro. Hay algo en la lógica del Estado que impide que esto suceda: quizás sea el karma peronista de este país el que nos lleva a establecer una dialéctica del tipo "quiero un subsidio del Estado para hacerle la revolución". Aunque también suponemos que las guerras revolucionarias hoy serían más bien guerras santas; posmodernismo mediante, fe e información, fe y lógica, han vuelto a reencontrarse en la Historia, esta vez bajo la glorieta de la credibilidad mediática.
La pregunta central en todo este meregue es: ¿qué nos queda? ¿de dónde nos podemos agarrar?


La agricultura
Tomémonos el tiempo para explicar brevemente algunas cuestiones fundamentales en relación a la agricultura, que es prácticamente el modus-mentis que rige nuestro ser occidental; aquello que se presenta en la Gran Historia del Progreso Humano como un mito prometeico en el cual "el hombre domina a la Naturaleza para escapar de la necesidad impuesta por el nomadismo".
  • Todo cultivo es extractivo: con esto se pretende decir que todo lo que nosotros cultivemos, mantengamos en forma de planta para comer o industrializar, se está llevando gota a gota la parte importante del suelo, la capa biológicamente activa (el humus), en forma de grano, fruta, etc. La fotosíntesis no es magia: es tomar la energía del sol para romper moléculas de agua y de ahí generar gradientes electroquímicos que sirven para componer cosas complejas (un zapallo, por ejemplo) a partir de elementos simples del suelo (nitratos, sales minerales, etc.) Pregunta obligada: ¿quién, cómo y en cuánto tiempo repone esta extracción?
  • Es la selección artificial realizada por hombre aquella que nos permite hoy tener los cultivos que tenemos: siglos y siglos de campesinos que fueron seleccionando las especies más rendidoras, sabrosas y nutritivas para continuar con su reproducción es lo que hace que hoy un choclo tenga el tamaño que tiene y no sea pequeño como una espiga de trigo. Naturalmente ninguna de las especies significativamente alimenticias tiene su subsitencia garantizada; de hecho, la "tendencia evolutiva" es a disminuir los tamaños, algo que no es precisamente la meta que se busca, por ejemplo, al cultivar zapallos.
  • La llamada revolución verde sólo asceleró los ritmos de producción agraria para poder sincronizarlos con los de la industria, bajo el mito de que era la única manera de solucionar el problema del hambre mundial, cuando de hecho, lo empeoró. La fertilización artificial, la modificación genética y el uso de herbicidas creó un negocio infernal, que de hecho manejan las farmacéuticas a nivel mundial, en el cual los ritmos de producción crecieron muy por encima del tiempo de reposición de la materia orgánica del suelo, lo que lleva a una progresiva (y exponencial) necesidad de insumos farmacéuticos (de nuevo: fertilizantes, semillas modificadas, herbicidas, biocidas, etc.), jaqueando completamente la seguridad alimentaria de los pueblos, externalizando los costos del precio del producto final (el valor de la tonelada de soja no incluye el "lucro cesante" de dejar el campo 25 años libre para que reponga parte de su materia orgánica), y alimentando la caldera del biocombustible, lo cual es lo que hoy por hoy determina el precio (excesivamente alto) de los principales cultivares alimenticios del mundo.

El trabajo...


Vamos a empezar por una cifra: la mitad de la gente en el mundo cultiva el suelo. Equivale a decir que uno de cada dos es un campesino, lo que inmediatamente nos detiene en nuestro afán occidental de dar buenos argumentos sobre cómo deberían ser las cosas.
Agrego otro supuesto: con Educación institucionalizada (normativizante) o no, en ninguna cultura del mundo alguien llega a adulto siendo un inútil. Al decir esto a uno se le ocurre que existen muchas personas que, justamente por poder comprar la fuerza de trabajo de los demás, se mantienen sin trabajar. Pero como mi idea es dejar pasar por el costado los asuntos que involucren al Dinero, al Capital, me permito pasar rápidamente a una conclusión que, retroactivamente, cancela al contraejemplo: la condición de posibilidad para que una cultura exista es que su gente trabaje. Claramente, este sujeto hipotético compra trabajo ajeno; pero sin nadie trabajando o nadie dispuesto a vender su fuerza de trabajo, ese sujeto tendría que aprender a hacer algo. Además, cuando hablo de cultura me refiero a la sociedad auto-organizada, lo cual ya habla de por sí de un techo en el que ocurren y se comparten los eventos. Por lo que el hombre yanqui (o argentino, da igual) comprando fuerza de trabajo china es más un avatar económico antes que cultural.


... y el Edén.

Cuenta el Antiguo Testamento que a Adán y Eva los rajaron del Paraíso por excederse en el postre. Pero hago mi subrayado: los expulsan al mundo del trabajo. El Edén era un hermoso jardín por el que podían andar sin ropas (temperatura perfecta) y del que podían comer sin trabajar.

Conclusión: el Edén niega al trabajo.

Pero no sólo eso, sino que todos nosotros (débiles mortales) cargaríamos con esto de que el trabajo es aquello que nos signa en nuestra naturaleza perdida, nuestro pecado original, que al desplegarse se va viendo que abarca más cosas que el sexo. Y sería desde esta sensación primigenia de pérdida, de naturaleza incompleta, de donde prenden ciertos discursos ecologistas que misteriosamente hablan de una "pérdida de la esencia/instinto", "posibilidad de no trabajar", "jardines de la abundancia"...

Sumémosle el efecto agobio que producen gran parte de los tratamientos mediáticos sobre el tema ambiental: desde el establishment, el horror ocupa la primera plana. Se muestran imágenes del desastre como algo irrecuperable, algo que nos debería dar, ante todo, culpa.
Y no hace falta traer a un psicólogo a la mesa para saber que la culpa detiene, encierra. Es el sujeto culpable de su propia esencia aquel que "consume responsablemente", o aquel que hace de su alimentación un manojo de buenos argumentos antes que una celebración cultural. Es alguien vulnerabilizado,alguien a quien luego del horror le ofrecen salidas reformistas a problemas estructurales; y compra.


No me queda claro: ¿a Adán y Eva los expulsaron de la Naturaleza o hacia la Naturaleza?

Redondeo: más que agarrar, hay que empezar a soltar.

Norma y paraiso de los negros de mierda

Frente a un irrefrenable deseo de adquirir un nuevo ejemplar (supongo que uno de los tantos arrebatos a los que me veo sometido día a día frente a la abstinencia de tabaco que me he impuesto), el sábado a la mañana corrí a la librería de la esquina a comprar Poeta en Nueva York antes de entrar a un teórico patético como gordo con corpiño (Alumna: "La pérdida del aura es negativa para Benjamin, ¿no?"; Profesora Jefa de cátedra: "No sé si es negativa, me parece que no, pero eso es lo que él ve que pasa"). Lo había decidido el viernes a la noche, girando y girando en mi insomnio, pensando que tenía en mi biblioteca esa versión chota de clarín y quería leer frenéticamente algunos poemas. Poco usual en mí, la poesía no me va, ni me viene, ni me la mueve. Pero Lorca es como Dios (es decir, como el Diego), un punto más que sustenta nuestra frecuente teoría de que los grosos, cuando putos, dos veces grosos.
Dejo el poemita que da título al post para deleite de todos.



Odian la sombra del pájaro
sobre el pleamar de la blanca mejilla
y el conflicto de luz y viento
en el salón de la nieve fría.

Odian la flecha sin cuerpo,
el pañuelo exacto de la despedida,
la aguja que mantiene presión y rosa
en el gramíneo rubor de la sonrisa.

Aman el azul desierto,
las vacilantes expresiones bovinas,
la mentirosa luna de los polos,
la danza curva del agua en la orilla.

Con la ciencia del tronco y del rastro
llenan de nervios luminosos la arcilla
y patinan lúbricos por agua y arenas
gustando la amarga frescura de su milenaria saliva.

Es por el azul sin crujiente,
azul sin un gusano ni una huella dormida,
donde los huevos de avestruz quedan eternos
y deambulan intactas las lluvias bailarinas.

Es por el azul sin historia,
azul de una noche sin temor de día,
azul donde el desnudo del viento va quebrando
los camellos sonámbulos de las nubes vacías.

Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.
Allí los corales empapan la desesperación de la tinta,
los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles
y queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas.

viernes 16 de octubre de 2009

La ciudad fue hecha para arder

Escribí demasiado, hablé demasiado y discutí demasiado sobre el tema las últimas semanas, así que hacer un comentario en el El Cieguito quedó pospuesto hasta tanto mis ganas se renovaran (de todas formas, ya hemos hecho nuestras declaraciones sobre casos similares aquí y aquí). Mi vieja dice que soy demasiado tano, me caliento mucho y después me agoto de mi propia verborragia. En fin, creo que el caso del profesor Potel está ya bastante difundido (y de la misma forma olvidado), una de esas puestas en absurdo en donde nuestro querido sistema iluminista censura una de sus mismisimas prácticas (instituciones), tal vez la más pura y fundante. Claro que se trata de la enseñanza de filosofía (y además de dos campeones del quilombo) y no del relevo de próceres, fechas patrias, textos mitreanos y saberes útiles. " 'Filo-sofía' -diría nuestra maestra de primaria-, el amor por el conocimiento"... y nada más. Bueno, es cierto, tampoco somos ingenuos (aunque la indignación es la misma) y debemos, en última instancia, tomar en cuenta cada día más que existen dueños de la cultura (una contradicción en sí, una frase para analizar... whatever).
Como fuimos tomando conciencia las últimas semanas con la comunidad de Forofyl (y claro, de la mano de maestros como el señor Enrique Chaparro, de Vía Libre, una mente lúcida como pocas), no siempre esos dueños son claros, no siempre son privados. A veces esconden sus caras de chanchos, de Napoleons dominando la granja, detrás de la honorable máscara de directivos rectores de los destinos de una comunidad inmensurable, y firman acuerdos deshonrosos  que lejos (¡Oh, Dios, ciertamente lejos!) están de responder a las necesidades institucionales, a las preocupaciones internas, a las decisiones necesarias para asegurar la continuidad de una Universidad tan grandiosa y patética como la UBA. No somos ingenuos, no podíamos esperar mucho de Hallú, ni siquiera en el instante de ser elegido, mucho menos segundos después, con sus festejos eufóricos y sus promesas de orden institucional (menos aún, claro está, se puede esperar de un grupo de abogados que vieron la veta para, intercediendo entre el Estado y el Estado - ¿meterse entre la Ley y la Universidad Pública no es eso?-, sacar una linda torta del 50%, tirándole algunas monedas a las pequeñas editoriales muertas de hambre (¡Ja!). Sí, estoy hablando de CADRA, esa gente con la gorra puesta que, agarrensé de las manos- diría el Puma-, cuando tengan los cuatro palos que le paga la UBA nos van a correr con mucha eficacia en la web.)
Da la puta casualidad de la vida que en vísperas de una hermosa mesa redonda en la Facultad de Filosofía y Letras en donde se presentaría CADRA, mesa redonda que armó alto revuelo en los pasillos de Forofyl y que previó cierta organización de los comunes para enfrentar las lenguas bífidas de los perejiles de la CADRA, da la puta de mierda casualidad, decía, que ese mismísimo día en el que corrimos con buenos argumentos a los señoritos chupasangre, alguien denunció la hermosa Bibliofyl al server en donde la teníamos colgada, y todo se fue al carajo.
No voy a poner link al respecto, eso pueden googlearlo, hay muchos estudiantes hablando de la Bibliofyl, tanto de Filosofía y Letras como de otras facultades. Lo cierto es que la biblioteca es, para aquellos defensores imbéciles del copyright, una piratería. Sí, estamos hablando de una biblioteca virtual, que se llama biblioteca, de la misma forma que una biblioteca pública o una Biblioteca Nacional, sin ningún fin de lucro, con un excelente funcionamiento y un servicio inestimable para los estudiantes de la facultad.
Y porque la pregunta que surge es: ¿cómo se estudia si no es con fotocopias o textos digitales? ¿cómo se hace para abarcar un repertorio de unos cien textos por materia, muchas de sus veces fragmentos, simples capítulos de los libros, si no es con reprografías o escaneos? Está claro, nadie en su sano juicio podría proponernos: compren cada uno de los libros. Entonces, la solución se hace evidente: que disminuya la educación, que se lea menos, que se lea de manuales, que se lea de los apuntes del profesor y no de los textos originales, que se pauperice la enseñanza universitaria.
Hasta ahora creo que ninguna de las agrupaciones combativas de Filosofía y Letras ha hecho mucho por causas como esta. Está bien, cumplen otra función social, y es irreprochable que está bien. Pero parece que va siendo hora de que las cosas pasen de otra forma, y que no perdamos las utilidades caídas del cielo que nos brinda internet frente a un grupo de abogados del infierno (como todo abogado, claro está). Como simple declaración, una bandera, una escarapela, un sticker más entre nuestras estampitas del Che, a partir de ahora El Cieguito llevará esos banners tan lindos que hicieron los de Derecho a Leer (Bueno, sí, lindo es otra cosa.), con un click pueden ingresar al grupo de facebook contra el puterío que le armaron a Potel, y yendo al blog los banners para poner en vuestros sitios.

jueves 15 de octubre de 2009

A maldição do samba II

...Mejor nos iría si, de cara al bicentenario, reconociéramos de una vez por todas que la historia, lejos de terminársenos (de un modo o de otro), nos pasó por encima ya varias veces y que no hay nidos ni huevos que esconder con tanto escándalo. Vuelvo a proponer, como años atrás, la consigna “Agora anexao” y a suplicar secretamente que los Braganza decidan considerar a nuestra triste patria como “O Estado do Rio da Prata do Sul”. Después de todo, si las naciones son construcciones históricas, la nuestra ha demostrado ya suficientemente su incapacidad para lidiar con nuestras imposibilidades.

Amen

A maldição do samba


domingo 11 de octubre de 2009

El quitasueño






Hay que leer a Juan José Burzi. No sólo como imperativo cuasi categórico porque Un dios demasiado pequeño sea realmente un gran libro de cuentos. También porque todo lo que se pueda decir sobre ellos queda corto y tiene gusto a poco.

Yo había escuchado hablar de su crudeza, sí, y había leído que eran todos relatos oscuros también. Y sin embargo me sorprendí al encontrarme (por mucho que me avergüence) insomne de miedo y de estupefacción después de leer el primero. Y en ese momento me convencí de que a las buenas ficciones de terror (y similares) hay que guardarles más respeto del que yo les había tenido hasta el momento. Decidí, confieso, no leer más Un dios demasiado pequeño inmediatamente antes de dormir (porque, claro, además mi sueño es tan susceptible).

El mundo que construye Juan José Burzi es de muerte, de martirio. Desde lo turbio como categoría estética -no son para nada casuales los tres epígrafes que buscan precedentes canónicos para la valoración artística de lo horrible- los cuentos de Un dios demasiado pequeño, igualmente, encuentran un punto de contacto muy jugoso entre vida y muerte, salud y enfermedad, cordura e insanía, y demás pares.

Pero la búsqueda más provechosa para Burzi es, me parece, la de lo inenarrable. “Quien lee jamás tendrá una idea cercana a lo que sufrió Esther Ferrer desde que el cáncer se manifestó en su cuerpo hasta los últimos padecimientos”: en todo el libro está presente aquello que no se puede contar, una vez atrás de otra. Lo inenarrable en “Cuando las rosas caen” podría ser la pareja mutilada que sólo encuentra placer sexual en el flagelo mutuo. En “Mil ojos”, Burzi inventa una profesión: un trabajo como no-srtiper, en el que hay que encarnizar a la muerte para calentar a un espectador incómodamente crédulo. En “Un acto privado” un personaje se hace la paja frente a imágenes, digamos, convencionalmente poco eróticas (y soy suave).

Pero no, ni siquiera es eso lo inefable. Lo que difícilmente podría quedar dentro del territorio de las palabras es la manifestación de vida y de belleza, tal vez hasta de ternura, por detrás de ese mundo de lo turbio. Pero, justamente, acá queda adentro. Burzi mira “el mal para realizar su concepción de lo bello”. Y muy bien le sale. Tal vez sea ahí, en esa realización estética de lo horrible, donde Un dios demasiado pequeño es tan fuerte y tan íntimamente perturbador.

Como dije, a Burzi hay que leerlo:

Betsabé y los ojos; seis, ocho, mil podrían ser. Mil ojos que la miran y ninguno que puede ver lo que le sucede. Un envenenamiento silencioso y ciego, que viaja por la sangre, fluye en las arterias y se deposita en ese lugar que ningún bisturí puede alcanzar: el alma. Mientras tanto, los ojos miran. Los ojos, que pueden ser mil, ocho, seis; que en realidad no cuentan poque ningunos son los ojos de ese hombre que la disecciona con la mirada; esos seis, ocho, mil ojos, miran y apenas ven la verdadera muerte que lleva Betsabé en la piel, en la carne, en el alma. Se contentan con ese poco y con ver la muerte fingida, porque vislumbrar una pequeña porción de esa muerte es ignorar la propia, es poder negar el cáncer que se alimenta dentro de ellos, la trombosis que se avecina, el paro cardíaco que los acariciará un día. Esos mil, ocho, seis ojos palpan las heridas de Betsabé, lamen la podredumbre que la vida dejó olvidada, se extasían con la rigidez cadavérica que el opio, el alcohol, el vidrio ahumado y las luces les ayudan a ver y a creer.



jueves 8 de octubre de 2009


miércoles 7 de octubre de 2009

La Suiza de África


Para Radar Libros

Cien días
Lukas Bärfuss

Adriana Hidalgo editora
262 páginas

La primera novela de uno de los dramaturgos más jóvenes y exitosos en lengua alemana cuenta una historia desgarradora, ubicada en una de las mayores catástrofes del poscolonialismo: el genocidio en Ruanda, que duró cien días y dejó un saldo de 800 mil muertos. En abril de este año, Cien días le valió a Lukas Bärfuss el Premio de la Paz Erich Maria Remarque (que también recibió Henning Mankell) por su “compromiso literario con el continente africano”. La novela se abre con una aclaración aparentemente necesaria para lo que vendrá después: “Los hechos históricos que se presentan en este libro están acreditados”. Si bien el protagonista, David Hohl –un joven suizo que trabaja en Kigali en una dirección de ayuda humanitaria– y su amor por Agathe –una muchacha local– son ficcionales, el ojo de buena parte de la novela está puesto en un pantallazo histórico general de la historia ruandesa. Bärfuss no sólo se dedica a narrar los hechos crudos de los enfrentamientos internos. También explora, desde la voz de David, los motivos por los cuales esa masacre fue posible. Y parece que la tranquilidad de la ficción es lo que le permite apuntar el dedo hacia las doscientas cuarenta y ocho organizaciones de ayuda humanitaria que se disputaban el asistencialismo.

David era un “idiota, un ciego” y un pusilánime antes de vivir esos cien días encerrado en una casa, muerto de miedo porque ha dejado ir, en espera de Agathe, al avión que lo llevaría de vuelta a Suiza. Que la narración esté enmarcada, que la historia se la cuente el mismo David a un amigo en Suiza muchos años después, hace que se conozca no sólo el final de los hechos “acreditados” sino también el de los ficcionales. Cien días no tiene demasiado suspenso; de hecho casi todo –incluso algunos detalles que parecen mínimos– se conoce de antemano. Y la historia, tan desgarradora como aparenta, está contada con un tono excesivamente parsimonioso y elegíaco. Son sólo algunos pocos momentos –siempre parte de la trama ficcional– los que tienen una tensión y una oscuridad acordes con lo espantoso de lo que se está contando.

“No sabía cómo podía ser que yo deseara a esa menuda, cerrada, taimada y sádica racista.” Como en el sexo con Agathe, que no está relacionado con el amor sino con la guerra y el sometimiento, y que por eso es gloriosamente animal, en Cien días Kigali, Ruanda y Africa son paraísos terrenales al mismo tiempo que aparecen como un infierno de sufrimiento constante que deja marcas de la ajenidad total en la propia carne.

Aunque David Hohl viva esos cien días en “el corazón de las tinieblas” y la historia esté contada años después por un testigo, la novela de Bärfuss no se parece en nada a la de Conrad: “La tierra de la eterna primavera, como también se la llamaba, era todo lo opuesto al corazón de las tinieblas. Nosotros no nos identificábamos con Kurtz ni tampoco con Marlowe. Estábamos más lejos de la jungla que los habitantes de las ciudades europeas”.

Los cambios en las perspectivas que adopta David, tanto respecto de los personajes que lo rodean como de la historia africana, de la función de la ayuda humanitaria y también de sí mismo, son muy radicales: de ingenuo negador de la historia, miedoso y lleno de tabúes, pasa a vivir, por primera vez en todos esos años, “la realidad, la auténtica, apestosa y alegre realidad”. De la Suiza de Africa David Hohl vuelve finalmente a “la Ruanda de Europa”.