Entrevistonga mistonga
El olor. Más que la oscuridad. Más que el sonido. El olor define el espacio. El olor de noche concentrada. Cigarrillos rubios, cerveza caliente, perfume, humedad, mugre. Gente, poca. Pero la energía que transmiten, si bien superficial, nerviosa, alcanza para sentir que se está en el lugar indicado. O sentir que ellos sienten que están en el lugar indicado. Roce sin razón de cuerpos de piel y jean, delineador y cadenas de fantasía. Tercera cerveza y te sentís más lindo que nunca. Ahora la música es olor, no es más que irreflexión olorosa. Niebla que envuelve espacios invisibles, líquidos que se mueven abajo, por debajo. Lava ardiendo entre rocas. Solos en la ciudad, en el under.
Con la boca seca y los dedos de los pies acalambrados, el pibe flaco y alto con una remera de Ramones se para sobre una roca caliente y enfrenta a un público que, no por numeroso, lo intimida hasta las náuseas. Cuando empieza a tocar pierde el ritmo. El sonido que sale de la guitarra no es ni por asomo el que había logrado hace algunos días en la sala de ensayo. El escenario angosto, al ras del piso y el cajón de gaseosa (ni siquiera de cerveza) que sostiene el equipo de guitarra no hacen más que desmotivarlo. No hay espacio para una pizca de actitud. La mínima pulga entre las tablas del piso tendría más autoridad que el flaco de remera de Ramones. No queda más que pasar la lista de temas, rápido, mirando apenas al frente, ignorado por los otros y por él mismo.
Andrea Álvarez ya no tiene veinte años, pero la juventud en sus ojos contagia. Con las ideas claras y el amor por la música a cuestas, presenta a través de la voz de la experiencia las aventuras que atraviesan miles de jóvenes argentinos.
“Las bandas que empiezan tendrían que probar con grupos de amigos, en casas viejas por ejemplo, para buscar sonidos y para que, cuando hagan la inversión de tocar en lugares donde tengan que comprar el espacio, estén mas experimentados y no la vean pasar” Observando al ramonero desde un rincón, Andrea lanza la primera verdad de muchas otras que salpicarán nuestra noche. Así, desde la sala de ensayo donde da clase y ensaya con su banda, reflexionará acerca de la situación de las bandas independientes que empiezan a tocar en el circuito chico.
Su historia ejemplifica sus dichos y justifica el elegirla a ella para esta charla. Actualmente se desliza por la fina línea que divide a los anónimos de los que ganan dinero con la música. Como baterista-cantante, realiza junto a su banda recitales independientes en locales pequeños de la ciudad, y mantiene contacto con los emergentes de la escena rock-popera participado en festivales y armando ella misma fechas conjuntas. Al mismo tiempo está grabando su nuevo disco con la leyenda de Detroit Jim Diamond. La pudimos ver como invitada de Soda Stereo (antes y durante el reencuentro), y participó (como baterista y percusionista) en proyectos con Lito Vitale, Attaque 77, entre otros artistas ya consagrados. Su profesionalismo alcanza para manejarse entre las ligas mayores, entonces. Pero hay algo que la mantiene del lado de la sombra. “Si vos no pertenecés al circuito de los monopolios hay cosas que no podés negociar, permanecés afuera, por ejemplo, de La Trastienda. Tenés que pagar para acceder a esos lugares, porque no pertenecés al monopolio Pop Art.” Así de directa, presentándose como ejemplo, establece el eje central de la charla: la desaparición de circuitos alternativos en manos de intereses económicos.
Con la boca seca y los dedos de los pies acalambrados, el pibe flaco y alto con una remera de Ramones se para sobre una roca caliente y enfrenta a un público que, no por numeroso, lo intimida hasta las náuseas. Cuando empieza a tocar pierde el ritmo. El sonido que sale de la guitarra no es ni por asomo el que había logrado hace algunos días en la sala de ensayo. El escenario angosto, al ras del piso y el cajón de gaseosa (ni siquiera de cerveza) que sostiene el equipo de guitarra no hacen más que desmotivarlo. No hay espacio para una pizca de actitud. La mínima pulga entre las tablas del piso tendría más autoridad que el flaco de remera de Ramones. No queda más que pasar la lista de temas, rápido, mirando apenas al frente, ignorado por los otros y por él mismo.
Andrea Álvarez ya no tiene veinte años, pero la juventud en sus ojos contagia. Con las ideas claras y el amor por la música a cuestas, presenta a través de la voz de la experiencia las aventuras que atraviesan miles de jóvenes argentinos.
“Las bandas que empiezan tendrían que probar con grupos de amigos, en casas viejas por ejemplo, para buscar sonidos y para que, cuando hagan la inversión de tocar en lugares donde tengan que comprar el espacio, estén mas experimentados y no la vean pasar” Observando al ramonero desde un rincón, Andrea lanza la primera verdad de muchas otras que salpicarán nuestra noche. Así, desde la sala de ensayo donde da clase y ensaya con su banda, reflexionará acerca de la situación de las bandas independientes que empiezan a tocar en el circuito chico.
Su historia ejemplifica sus dichos y justifica el elegirla a ella para esta charla. Actualmente se desliza por la fina línea que divide a los anónimos de los que ganan dinero con la música. Como baterista-cantante, realiza junto a su banda recitales independientes en locales pequeños de la ciudad, y mantiene contacto con los emergentes de la escena rock-popera participado en festivales y armando ella misma fechas conjuntas. Al mismo tiempo está grabando su nuevo disco con la leyenda de Detroit Jim Diamond. La pudimos ver como invitada de Soda Stereo (antes y durante el reencuentro), y participó (como baterista y percusionista) en proyectos con Lito Vitale, Attaque 77, entre otros artistas ya consagrados. Su profesionalismo alcanza para manejarse entre las ligas mayores, entonces. Pero hay algo que la mantiene del lado de la sombra. “Si vos no pertenecés al circuito de los monopolios hay cosas que no podés negociar, permanecés afuera, por ejemplo, de La Trastienda. Tenés que pagar para acceder a esos lugares, porque no pertenecés al monopolio Pop Art.” Así de directa, presentándose como ejemplo, establece el eje central de la charla: la desaparición de circuitos alternativos en manos de intereses económicos.
Hoy, en la Buenos Aires después de Cromagnon y de los cambios en el gobierno de la ciudad, se hace difícil para los jóvenes expresarse armando un show de calidad, que permita, como explica Andrea, “intentar generar una situación de sacar para afuera, que es lo artístico, no tocar como en el ensayo si no poder experimentar el que se justifique que haya gente mirando”. Sin poder evitar la situación por la que pasa el ramonero de más arriba, la musicalidad y el arte se pierden entre dinero perdido en lugares pequeños, equipos prestados, sonido flatulento. Público fantasma. Miles de bandas de rock (Andrea me dirá después, “el under se da solo en el rock”) realizan recitales penosos en los pocos boliches aun habilitados, poco ensayados, poco motivados, impedidos. La causa de esta circunstancia, la causa de que la lava empiece a enfriarse, es lo que Andrea Álvarez intenta explicarme, mientras sostengo el grabador con la mirada clavada en sus ojos.
Arranca, entonces, definiendo: “El under existe para que después exista el semi-under para que después exista una situación que genere un poquito de plata y para que después exista una situación de Luna Park lleno.” Pero el trabajo monopólico de las grandes productoras y disqueras y una marcada pérdida de interés del público impiden que el under cumpla la función que Andrea ejemplifica así: “En un momento estaba Soda Stereo como grupo del establishment y existían al mismo tiempo bandas del under como Los Brujos y Babasónicos. Soda Stereo los vio, los llevó a telonear, se generó toda una movida que tenia que ver con la zona sur, y eso generó nuevas bandas para el establishment. Creo que esa fue la última generación que vino del under.” Enfocando en el presente, son escasas las ocasiones en que bandas independientes alcanzan los circuitos mayores. “Hay bandas que recién empiezan que las tienen que inventar”, sentencia Andrea. No le pidamos nombres.
Luego de la mencionada tragedia de Cromagnon, que convirtió en funeral el festejo del fin de año de 2004, y hasta el día de hoy (las leyes aún no perdieron la fuerza), los locales de la capital en los que se solían realizar recitales de rock tuvieron que cumplir con nuevos requisitos de seguridad y, en la mayoría de los casos, invertir dinero para poder seguir en funcionamiento. Esto, sumado a la poca cantidad de lugares para recitales chicos que quedaron disponibles, encareció considerablemente el alquiler de los locales. Así, las bandas deben cobrar una entrada relativamente cara para poder cubrir, aunque sea, el costo del alquiler o directamente ir a pérdida. Andrea lo pone en números: “El lugar siempre me cuesta 600 pesos promedio, yo cobro la entrada 10 pesos (porque si la cobro más cara no viene nadie) y la capacidad de los lugares ronda las 120 personas. Aunque vengan 120 pagas que es un caso extremo de milagro, yo tengo que restar 800 pesos de gasto fijo por el asistente, mis músicos, la difusión, el flete. A mí la cuenta no me cierra jamás.”
Así el ciclo de la música se convierte en un círculo vicioso. La pérdida sistemática de dinero que provoca fatiga, la falta de un público constante seguramente igual de fatigado por el mal sonido, implican que el under deje de ser el semillero que debería ser. “Yo lo hago como inversión para mantenerme activa todo el año, y por vocación lo hago, sobre todo, porque lo quiero hacer”, se resigna Andrea.
A las dificultades económicas sólo resta enfrentarlas, entonces, con talento y dedicación. Frente al aluvión de bandas chicas (la mayoría parecidas entre sí) que comenzaron a aparecer desde fines de los 80 hasta hoy, llegar al estado idílico en el que una banda puede autodenominarse under y destacarse implica ya un gran esfuerzo. Andrea considera que “hay demasiadas bandas chicas que piensan que por ser under tienen que sonar mal” y plantea que, por ejemplo, en el circuito universitario de Estados Unidos (del que surgieron bandas como Nirvana) “las bandas se suenan todo porque arman cooperativas y alquilan cosas en conjunto”.
Quebrar este círculo depende tanto del dueño del local, del músico que va a tocar ahí y del público que va a presenciar un recital. Para eso es necesario salir del perímetro cultural que imponen los grandes medios de comunicación y tomar conciencia de la necesidad de revalorizar los espacios alternativos desde los cuales surgirán nuevas corrientes. Nuevas corrientes que se relacionarán con los individuos desde ellos mismos y no desde arriba, desde la enajenación y el consumismo. “La música se genera porque hay alguien que la toca. Si los músicos se dieran cuenta de que ellos son los que generan el negocio de los boliches, tomarían medidas más drásticas.” Andrea sigue iluminando con su sonrisa a pesar de la gravedad de lo que dice. “La necesidad del músico de expresarse y mostrar hace que ponga plata para hacerlo. El asunto es que si uno no lo hace vienen veinte atrás que están en ese lugar.”
“Acá se hace famosa a determinada banda q recién empieza pero no se genera un campo para que los pibes generen música, se expresen, toquen en los boliches y halla movida, movida, movida. Hay algo de movida porque la música no la pueden matar, pero no la suficiente para realimentar la industria. Después están desesperados buscando qué nuevo talento van a sacar y después terminan inventando realitys y boludeces porque no saben qué hacer”
Si bien será difícil encontrar una solución a corto plazo, herramientas como Internet ayudan a salvar las distancias y permiten la difusión de músicos de distintos palos y escenas, lo que genera nuevo interés para algunos públicos y alimenta el circuito que se está dando en locales como el Salón Pueyrredón, Speed King, Plasma, CBGB, etc., que no dejan de resultar caros para las bandas pero se constituyen como las únicas opciones a la hora de buscar un lugar después de repetir y repetir la lista de temas en la sala de ensayo.
En un futuro el ramonero podrá sentirse más cómodo en un ámbito más propio, menos hostil, y podrá “sacar para afuera” en el viaje de repetición que es el rock. El olor será el mismo, pero la lava correrá más caliente por debajo de las rocas. Mientras, Andrea espera volver a las épocas de sus inicios: “Antes el under generaba una tendencia cultural, las productoras iban a ver un show de una banda que empezaba. Bueno, ahora también se está generando una tendencia cultural, la no cultura”



5 comentarios:
Echu, Nin
Un comentario que me muero por hacerles y no están conectados porque es viernes a las 3.36 de la mañana: ¡Estoy despertando a la literatura y descubrí a los "jóvenes escritores argentinos"!
Estaba leyendo EL Diario de un neurótico, de ahí a tomashotel.. y me sonaba carajo... y claro, está en nuestros links.. y cómo.. por supuesto.
Necesito que nos juntemos más seguido.
Soy muy feliz.
B
y publico mi ignorancia porque creo que me hace ver más tierna y más linda
Sencillamente excelente. A eso nos referíamos. Se nota no sólo que no tuviste problemas para cazarle la onda sino que, creo, la pasaste bien escribiendolo.
Ahora sólo queda tener éxito, pero te admiro por probar.
E.
Che, está muy bien el texto, Belugo. Lo mandaste?
Ahora, una pregunta, por qué todos tus textos quedan con esa letrita chiquititísima? Me cuesta un huevo leerlo! Bu!
Sí, a mí también me costó la letra chiquita, jaja.
Ahí fue un edit, belu, la agrandé así se lee mejor. Si no te gusta cambiala nuevamente.
E.
aaaaaaaaaay que amoroooosooooooooosssssssssssssssssssssssssssssssssssss
ah no se, pense que como era mucho iba a quedar re aparatoso! me fui al carajo con el smallest.. jajajajaja, :)
besiño
si, lo mandé..
resta esperar..
!!!!!!
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