Voy a hacer algo que ayuda a desmentir un refrán -un refrán que, por cierto, es falso hace tiempo, con o sin mi intervención-: voy a escribir sobre gustos (no con la intención de aportar a la falsedad del refrán, claro está).
Cada tanto uno descubre patrones, denominadores comunes en sus gustos, especialmente en lo que refiere a personas (y más aún a personas del sexo opuesto – o del mismo sexo, según sean, justamente, los gustos de cada uno). En mi caso particular, hace años que sé que encuentro un atractivo especial en los hombres músicos. Y sin embargo, pese a que es algo que sé hace tiempo, no dejo de descubrirle a este gusto nuevas facetas.
La semana pasada iba arriba de un colectivo, sentada atrás de todo, casi dormida, cuando de repente se subió un muchacho que inmediatamente llamó mi atención por sus, digamos, excepcionales cualidades físicas. Ya estaba yo cerca de mi casa, así que me paré en la puerta trasera que quedaba justo, oh casualidad, detrás del chico lindo y su largo cuello y sus rulos negros. Apreté el timbre lamentando con el alma tener que bajarme y noté, como quien no quiere la cosa, que mi chico sacaba un cuaderno anillado de su mochila. Y como yo estaba justo detrás de él, pude leer, sin que lo impidiera mi aguda miopía, lo que decía en la tapa: método avanzado para pianistas de jazz. Me sonreí al bajar del colectivo y me escuché decir en voz alta en el medio de la calle que incluso cuando no me gustan por eso en realidad me gustan por eso.
Cada tanto uno descubre patrones, denominadores comunes en sus gustos, especialmente en lo que refiere a personas (y más aún a personas del sexo opuesto – o del mismo sexo, según sean, justamente, los gustos de cada uno). En mi caso particular, hace años que sé que encuentro un atractivo especial en los hombres músicos. Y sin embargo, pese a que es algo que sé hace tiempo, no dejo de descubrirle a este gusto nuevas facetas.
La semana pasada iba arriba de un colectivo, sentada atrás de todo, casi dormida, cuando de repente se subió un muchacho que inmediatamente llamó mi atención por sus, digamos, excepcionales cualidades físicas. Ya estaba yo cerca de mi casa, así que me paré en la puerta trasera que quedaba justo, oh casualidad, detrás del chico lindo y su largo cuello y sus rulos negros. Apreté el timbre lamentando con el alma tener que bajarme y noté, como quien no quiere la cosa, que mi chico sacaba un cuaderno anillado de su mochila. Y como yo estaba justo detrás de él, pude leer, sin que lo impidiera mi aguda miopía, lo que decía en la tapa: método avanzado para pianistas de jazz. Me sonreí al bajar del colectivo y me escuché decir en voz alta en el medio de la calle que incluso cuando no me gustan por eso en realidad me gustan por eso.



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