viernes 26 de junio de 2009

Te aplaudo por bardero

En nuestra utopía libertaria (que es más pequeña y cotidiana de lo que realmente parece cuando aparece escrita así) nunca hubo ni habrá lugar para la autoridad. Porque si bien esto no es ni Mayo 68 ni el 69 cordobés, en todo bar donde nos sentamos a rompernos el bocho existe la tímida convicción de que estamos haciendo cosas nuevas y de manera independiente, esto es, lejos de la vigilancia y del régimen cada vez más oscuro del mercado. Por eso no nos gustan las editoriales corporativas ni los sellos discográficos, odiamos el rosqueo y nos encantaría participar en alguna orgía cocainómana de esas que saben organizar frecuentemente los artistas visuales. El susurro que crece como volcán en los baños de nuestros nuevos centros culturales es uno solo: adoramos el indie, nos autogestionamos.

El habernos convertido en nuestros propios jefes parece ser una de las pocas victorias que podemos atribuirnos como generación. Esa, y también la de mantener intacto el odio hacia la autoridad. ¿Pero qué pasaría si todo esto fuera una mentira? Si toda esta confianza en nosotros mismos, si toda esta ética exhibida como medalla de guerra no se tratara precisamente de su opuesto; si nuestro desprecio por el mainstream no fuera otra cosa que el signo clarividente de una vocación de dependencia, de una voluntad de sujeción al orden policial de la cultura y el mercado. Si toda nuestra literatura no fuera más que abono destinado al jardín de la falsa conciencia. Si la interrupción violenta al régimen de nuestra correción política no fuera obra de nuestros poetas civiles, sino de la lectura de la literatura producida por los hijos de trabajadores pobres que visten los uniformes de la PFA.

De "Literayuta: apuntes sobre la falsa conciencia", por Alfredo Jaramillo. El Interpretador, abril-mayo 2009, nº 35.