Hace bastante que terminé de leer Los Lemmings de Fabián Casas. Pero me debía escribir algo más, aunque sólo fueran unas pocas líneas. Un poco porque quería rectificar lo que había escrito mientras lo leía. Y también para insistir en lo genial que me parece.
Ahora ciertamente no creo que sea verdad que su literatura haya nacida muerta. Críticos idiotas hay en todos lados, y me parece que es inevitable que tiendan a petrificar literaturas tan acabadas como las de Casas. Pero eso no es todo. Los Lemmings se la banca solo y mucho más allá de lo que se pueda decir o no sobre él. Me sorprenden dos cosas, o mejor dicho, la conjunción de esas dos cosas: la precisión poética y la frescura barrial. Y bueno, si me extendiera sobre eso caería en los planteos de todos esos que señalan el "nuevo lenguaje" que instaura Casas. Pero creo que sólo se trata de una visión literaria muy clara, muy nítida (no me cabe la menor duda de que Fabián es un tipo muy lúcido y docto como lector) que sigue muy de cerca la idea de conexión entre lo real y lo imaginario. Es, en verdad, un eje clásico, algo esperable de la literatura, pero no por eso fácil, ni frecuente.
Ahora ciertamente no creo que sea verdad que su literatura haya nacida muerta. Críticos idiotas hay en todos lados, y me parece que es inevitable que tiendan a petrificar literaturas tan acabadas como las de Casas. Pero eso no es todo. Los Lemmings se la banca solo y mucho más allá de lo que se pueda decir o no sobre él. Me sorprenden dos cosas, o mejor dicho, la conjunción de esas dos cosas: la precisión poética y la frescura barrial. Y bueno, si me extendiera sobre eso caería en los planteos de todos esos que señalan el "nuevo lenguaje" que instaura Casas. Pero creo que sólo se trata de una visión literaria muy clara, muy nítida (no me cabe la menor duda de que Fabián es un tipo muy lúcido y docto como lector) que sigue muy de cerca la idea de conexión entre lo real y lo imaginario. Es, en verdad, un eje clásico, algo esperable de la literatura, pero no por eso fácil, ni frecuente.
Entonces, no es que Casas imponga un nuevo lenguaje. En Los Lemmings se narra con el lenguaje de nuestras vidas. Y si sorprende es porque, como siempre digo, hay demasiados idiotas que escriben y que día a día nos hacen creer que la literatura tiene ese lenguaje estancado, pétreo y sublime con el que escribía Borges. Quiero decir que la mayoría de las novelas o cuentos que podemos leer hoy, de autores argentinos contemporaneos, parecen escritas con el lenguaje de los años cincuenta, sesenta. Aggiornados, obvio, como es inevitable. Pero un lenguaje aggiornado no es más que un lenguaje puramente imaginario y caduco. Anacrónico. Por eso a todos les cuesta tanto escribir "teta" o "poronga", por eso les parece que queda tan mal si ponen "garchar" (para poner sólo ejemplos sexuales): porque son palabras que se salen del contexto de ese lenguaje viejo.
Fabián Casas escribe como un tipo de su época, de su edad, de su lugar. Eso no es menor, tampoco es grandioso. Hay que reconocerselo, pero tampoco decir boludeces. Es, sencillamente, algo con lo que podemos disfrutar enormemente y que vale la pena destacar, leer y releer.
Leí por ahí a alguien que reconocía en Los Lemmings una metáfora de la última dictadura militar. Yo no sé, también me parece una idiotez. La dictadura está, como corresponde a la temporalidad de esos relatos. Y no está en primer plano, y eso es un acierto. Y se la puede adivinar, entrever, y palpar en los cuentos de Casas. ¿Pero es necesario reducir el libro a eso?. Me parece que hay mucho más, hay calle, hay una ciudad, hay algunos amores, algunas amistades, nenes creciendo, delirios enormes y un rock and roll atronador. ¿Es necesario encontrarle un sentido a El bosque pulenta? No estoy de acuerdo. Es uno de los mejores cuentos de los últimos... no sé, ¿quince?¿veinte años?. Y cuál es el sentido del cuento. Pues meterse adentro, vivirlo, palpitar la sangre que corre ahí adentro.
No puedo afirmar tan soberbiamente que Fabián Casas estaría de acuerdo conmigo. Sí puedo dejar un fragmento para que cada uno lo evalúe y recomendar ampliamente que compren y lean Los Lemmings. Si no les gusta, me lo reclaman y yo les pago lo que gastaron.
*Fotos by Mags
Leí por ahí a alguien que reconocía en Los Lemmings una metáfora de la última dictadura militar. Yo no sé, también me parece una idiotez. La dictadura está, como corresponde a la temporalidad de esos relatos. Y no está en primer plano, y eso es un acierto. Y se la puede adivinar, entrever, y palpar en los cuentos de Casas. ¿Pero es necesario reducir el libro a eso?. Me parece que hay mucho más, hay calle, hay una ciudad, hay algunos amores, algunas amistades, nenes creciendo, delirios enormes y un rock and roll atronador. ¿Es necesario encontrarle un sentido a El bosque pulenta? No estoy de acuerdo. Es uno de los mejores cuentos de los últimos... no sé, ¿quince?¿veinte años?. Y cuál es el sentido del cuento. Pues meterse adentro, vivirlo, palpitar la sangre que corre ahí adentro.
No puedo afirmar tan soberbiamente que Fabián Casas estaría de acuerdo conmigo. Sí puedo dejar un fragmento para que cada uno lo evalúe y recomendar ampliamente que compren y lean Los Lemmings. Si no les gusta, me lo reclaman y yo les pago lo que gastaron.
El Gran Escritor quiso saber mi edad y si yo también escribía. Pero antes de que le pudiera contestar se largó con un rap. Dijo que para escribir había que ser humilde, que la literatura de masas es el enemigo de la literatura seria, que uno trabaja y trabaja pero nunca se termina, que las ambiciones son enormes y los resultados son deformes, que siempre hay que preocuparse por cambiar, que la literatura de X era una mierda, que lo que escribía Z sólo era publicable entre idiotas. Aspiró, largó humo. Se quedó callado. Me hubiera gustado preguntarle si en algún momento se había dado cuenta de que yo estaba a su lado desde la mañana. pero en cambio le dije que leerlo me ayudó a escribir, que yo encontré mi voz hurgando en sus novelas. "¿Le gusta mi obra?", me preguntó mientras usaba un mondadientes de chupetín y me miraba de reojo. [...]
Con el fondo del ruido mecánico de esos aparatos, el Gran Escritor fijó su mirada melancólica en la calle y me dijo: "Una vez, cuando era muy joven, me tocó acompañar a Borges en una visita que hizo a mi pueblo... Era un tipo muy divertido... Me acuerdo que la noche anterior casi no pude dormir... Si usted va a ser escritor tiene que leer a Borges... Sobre todo el Borges de El Aleph, Ficciones, Discusión... Después empezó a repetirse ¡y es un poeta malísimo!".
El Gran Escritor se quedó rumiando algo. Entonces, como si fuera un medium en trance, me empezó a dictar el super canon: Borges, Macedonio, Juan L. Ortiz, Faulkner, Onetti, Musil, Joyce, Kafka. Me parecía estar en la cancha escuchando a La voz del Estadio pasar la formación de un equipo de muertos. Cuando el listado pareció llegar a su fin, yo, tímidamente, le pregunté si le gustaba Ricardo Zelarayán. "¿Zelarayán?", me dijo. "¿Es un escritor argentino?". Le dije que sí. Se quedó pensativo un rato largo, mirando la mesa, la tacita blanca de café. Era Anatoli Karpov pensando qué pieza mover. Después agachó el mentón, se durmió, roncó, pedorreó.
De "Casa con diez pinos" en Los Lemmings y otros
*Fotos by Mags




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