Me puteo porque además de estar escribiendo incómodo, parado -ya lo dije-, no traje mi cuaderno. Es lo único con lo que intento no ser descuidado, casi que siempre lo logro, hoy se me pasó. Entonces busco por la casa y encuentro primero una lapicera y después la agenda de mi abuela. Es azul, de tapas duras y dice Agenda Perpetua en la tapa con unos ribetes que debieron ser dorados. Claro que me doy cuenta que se llama "perpetua" porque no tiene los nombres de los días asignados a los números del mes... pero esa atemporalidad me parece un buen gesto para el caso, bastante apropiada. Es, claramente, perenne.
Miro el fondo de tierra que le sigue al patio. Hace poco le pagamos a un jardinero para que sacara todos los yuyos y lo emprolijara. Me adelanto por el caminito de cemento, esquivo la estructura donde antes estaba la parra. Son algunos palos y caños en proceso de derrumbe pero que no se han caído todavía. La parra desapareció hace mucho; mi abuela me explicó que los pajaritos le comían las uvas y terminaron por secarla.
Paso el poste caído. Me enredo con una baba del diablo. Automáticamente me persigno contra la desgracia. No soy católico, ni siquiera muy creyente.
El árbol de pomelos sigue alto, pero completamente seco. Me encantaba usar el zapín para bajar los pomelos maduros y comerlos con azucar. La higuera ya no está, pero no me doy cuenta, sólo pienso que falta algo en ese sector de tierra. Del limonero sólo quedan unas ramas, pero el tronco desapareció. Lo peor, pienso, es el jazmín. Durante años amenazó con secarse pero todos los veranos volvía a dar racimos de capullos que mi abuela nos regalaba de manera automática a mi hermana y a mí. Este verano no salió ni una sola flor, y ya está fosilizado.
Contra la pared del fondo los árboles están grandes. Un laurel y al lado (mi vieja tenía razón) el ficus que está hermoso y alto, bastante más que la pared de la medianera. Una torcacita le remueve la tierra al ficus y cuando me acerco levanta la cabeza e infla el pecho. Cuando mi abuela murió decidimos enterrar las cenizas debajo del ficus. Nos pareció lo más apropiado.
El galpón ya está vacío; el rosal sobre el techo, escualido. Tiene dos rosas, las corto para llevarselas a M. Las primeras flores que le regalé a una chica fueron dos rosas de ese mismo rosal.
Me cuelgo viendo las anotaciones de mi abuela en su agenta perpetua, su letra de siempre como la de una nena de diez años: clara y redonda. Son notas desordenadas que me llevan de un lado a otro, y me olvido de seguir escribiendo.












